Parque Central

Liquid Ambar, árbol rojo típico de Central Park

Desde la ventana, los automóviles se ven pequeños. Las gárgolas asentadas sobre las cornisas vigilan el paso de los transeúntes. Enfrente de nuestro hotel, el legendario Waldorf Astoria ostenta su fachada Art Deco. Sobre un portal dorado, dos banderas estadounidenses ondean con sus mástiles empotrados en la pared. El edificio ocupa toda una manzana en Manhattan. Las nubes grises opacan el cielo de la mañana. La primavera se esconde en algún lugar, detrás de los rascacielos. Ojalá no llueva.

Me siento en la cama y me coloco unas zapatillas Brooks, especiales para corredores con problemas como los míos. No hablo de los existenciales, sino de los biomecánicos. La mañana que llegué, caminé hasta la 3rd Avenue de Manhattan, vi el letrero de la tienda y entré. Le advertí al vendedor que tengo el arco del pie vencido de una manera absurda:

Oh, yes - agregué-, además de haber asustado a algunas mujeres en las madrugadas, estos pies enormes, peludos y planos, impresionan también a los traumatólogos, papá. -Tomé aire, continué -. Yes, really. Las compraría en Argentina, pero no hay. Y las zapatillas que nuestro gobierno deja entrar, son cuatro veces más caras, tiger… La revolución que prometen es rara. El vicepresidente está acusado de chorro pero tiene una máquina de imprimir billetes. Mi país está fucked up, ¿entendés?”.

Golpean la puerta. Eduardo Bechara Navratilova deja entrar a Felipe Esguerra, uno de sus mejores amigos. Trabaja en el sector financiero y vive en Jersey City con su esposa Jennifer y su hijo Ariel. Nos saludamos con un abrazo. Bromea con Eduardo y dan unas carcajadas. Hace tiempo que no se ven. Al mirarse lo entienden todo, igual que cuando tenían trece años y corrían juntos en el colegio.

Estoy seguro que cuando Eduardo decidió ser escritor y quemar sus naves, para vivir un presente incierto y un futuro vaporoso, Pali, como le dicen sus amigos,  fue uno de los que puso la mano en su hombro y dijo: “A la mierda con todos los detractores “Bech”, adelante con tu sueño. Los artistas miran la vida desde otra perspectiva”.

Todos tenemos amigos “cinco estrellas” que cambiaron nuestra historia. Mi mejor amigo se llama Jorge. Vive en Deán Funes y trabaja sin parar desde los doce años. Nadie me conoce como él, y nadie me ha tenido tanta fe. Aunque la vida nos separó, aún no ha conseguido dividirnos. Por alguna razón que ambos desconocemos, ya no hablamos tanto. Ni él ni yo, hemos pedido explicaciones. No las necesitamos.

Nuestros amigos de la infancia conocen nuestras zonas erróneas y aún así nos aceptan. Atesoran la memoria de nuestros momentos más sublimes y ridículos. Nos han visto luchar por nuestra identidad, sufrir y desesperar. Nos han apoyado y se han compadecido ante nuestra confusión, en un mundo lleno de mandatos ajenos, de trampas y miedos, donde los sueños son tan fugaces, y son tan fácilmente reemplazados por una dictadura social que nos abruma.

-Qué pena por la demora. Me cambio rápido y salimos -dice Pali y se mete al baño.

Eduardo termina de enviar las invitaciones para la presentación de nuestros libros en Filadelfia. Sale del Facebook y cierra la computadora. Tiene amigos en todos los lugares adonde vamos. Abre una bolsa de almendras, saca un puñado. Me ofrece. No acepto. Le agradezco con el pulgar en alto. Pali sale del baño con sus shorts y zapatillas.

-¿Están listos para darle la vuelta a Central Park? -pregunta.

-Listos, güevón.

-Boludo, toda mi vida quise correr por ese parque. Esta corrida la tendríamos que escribir.

Bebo un poco de agua y enrosco la tapa en la botella. Entramos en el ascensor. Dos ejecutivas de unos veinticinco años calzan zapatos con tacos altos. Una de ellas exhibe unas piernas largas cubiertas por medias negras. Ambas clavan sus miradas en la pantalla de sus Iphones. Su perfume de notas dulces contrasta con mi desodorante cítrico. El ascensor deja salir un pitido al llegar a planta baja y la puerta se abre. Las mujeres salen con prisa. Transitamos el lobby de piso de mármol reluciente. Tres árabes de turbante blanco esperan para hacer el check-in. Salimos del hotel por la puerta giratoria. Una brisa tibia acaricia mi rostro. Pali y Eduardo estiran, dan saltos en la vereda y miran alrededor. El cronómetro está en cero.

-¿Vamos?

-¡Vamos, papá! -Activo el cronómetro.

Pali sale primero, Eduardo después y por último yo. Comenzamos la corrida en la avenida Lexington, atestada de caminantes. Manhattan se divide en cuatro cuadrantes correspondientes a los puntos cardinales. Dentro de cada uno, se localizan las calles y avenidas. Es un método de orientación que tiene sentido. En Deán Funes, la Patria del viento, tenemos calles como Boulevard Zamora, la Hubert Elfen, la Walt Disney y algunas otras más. Ninguna contribuye a la orientación.

Mis zapatillas son cómodas a pesar de ser nuevas, y por momentos me da la sensación de que voy flotando. Las veredas son angostas. Esquivo una familia de cuatro personas y un hindú con su atuendo típico. En la esquina de la cuarenta y nueve, un egipcio llamado Ayman vende panchos y pinchos. Trotamos en el lugar. El semáforo se pone en rojo y cruzamos la calle. Un taxi amarillo toca un bocinazo y saca la mano por la ventanilla.

-Waddayathink Yaddoiing! -le grita a un conductor novato.

Me estoy sintiendo bien. Miro los edificios llenos de glamour. Todas estas inmensas construcciones necesitaron millones de horas hombre. Casi todas tienen más de cien años. Son la huella de varias generaciones. Llegaron a Ellis Island con la frustración enredada en sus almas. Me pregunto qué vacío, dolor, miedo, o qué calamidad fue lo que los empujó a trabajar tan duro. ¿Qué promesa habrán visto en los ojos de la estatua de la libertad?

Yo también fui inmigrante en USA, solo que en Miami me tocó comer mierda por un tiempo: asistí a la denigración de mis amigos sudamericanos y la encarcelación (y posterior deportación) de un amigo deanfunense. Su delito fue trabajar con toda su alma para mandar soporte a sus hijos. Durante los tres años en los que viví allá, presencié situaciones que acabaron descomponiendo mi romance con el American Dream. En el 2001, cualquier cosa era mejor que Argentina.

Pasamos por una pizzería, por tiendas de ropa de marca, por una cafetería, un restaurant de sushi, un local de regalos, un sex shop. Esquivamos tres hombres de raza oriental que empuñan sus portafolios negros y sonríen. Me acerco a Eduardo.

-¿Cómo vas? -le pregunto.

-¡Del putas! ¡Qué momento más sublime!

-Pali es un corredor en serio. Boludo, mirá el paso que lleva… Nosotros hace tiempo que no entrenamos …-Desenrosco la tapa de la botella, doy un trago, la tapo -. La última vez que corrimos fue en la plaza 25 de mayo de Frías, allá en Santiago.

-Serpentina y trinchera / chacarera y malambo / carnavales de antaño / y esas riñas de gallo / como olvidar todo eso / ¡Ay mi Santiago! -Eduardo canta la chacarera de los Manseros santiagueños con acento bogotano.

-¿Sabés lo raro que es escuchar a un colombiano cantando una chacarera a los gritos en Manhattan?

-Esa canción me parece buenísima. Se la escuché a Arichi Romano en el cumpleaños de Puré Salman.

Continúa:

-Huahüitas, llantos, dolor / alabanzas y rezos / niñas enamoradas / y el corazón que manda / sentimientos del alma / ¡Ay mi Santiago! -Eduardo toma aire y sonríe.

El espíritu de la tropa está en el penthouse de los estados de ánimo. Le sonrío a los niños, a los ancianos, a los curas, a los políticos, a los travestis, a los turistas yanquis del medio-oeste con camisetas XXXLLL y con cuellos ardidos por el sol de las cosechas, a los de peinado afro y dientes de diamante, a los rastafari, a los del Greenpeace que juntan votos para frenar la matanza de koalas, a los chinos karatecas, a los succionadores de noodles, a las chicas de Broooklyn y especialmente a las de Queens. También sonrío a los que salen de las entrañas del metro con los ojos encandilados y a los que me miran como si en cualquier momento me fuera a inmolar, con esta cara de terrorista que me encanta ostentar en los aeropuertos.

El día que llegué a Nueva York hice el trámite de inmigración. Mostré mi pasaporte. Lo pasaron por un lector láser. El oficial de la policía cambió la cara por una grave. Me miró y miró la foto del pasaporte. Me miró de nuevo, y de nuevo miró el pasaporte.

“Sígame por aquí señor”, dijo. En un cuarto, me esperaban dos policías más. Me hicieron sentar. Me preguntaron (con el café humeante en la mano, como en las películas), qué había hecho los últimos diez años de mi vida. “¿Usted vivió en USA y en Egipto?”, “¿A qué se dedica?”, “¿Cómo es eso que hay otro Eduardo Bechara que ingresó antes que usted?”. Les dije: “son cosas del mundo de hoy”. Les expliqué que me encontraría con mi homónimo para presentar nuestros libros: Mendigo por un día y Patria del viento. Se miraron, comprimieron los labios, negaron con la cabeza y me tuvieron dos horas más, preguntándome por detalles finos de mi vida. No me quedó más remedio que hablarle de mi familia, de mis amigos, de Deán Funes, de las chicas que me rompieron el corazón (me detuve en la historia de una novia que me puso los cuernos enfrente de toda mi familia en una fiesta mientras yo cantaba, borracho y a los gritos, Debería haber sido amor de Roxette). Y ya que nadie me conocía, confesé que una vez compré un disco de Arjona (en ese momento la misoginia me parecía un movimiento artístico auspicioso). Cuando la tranquilidad los empezó a ablandar, les dije que estoy a favor de la despenalización del comercio de marihuana: “sin ofender a nadie oficial, creo que es mejor que el viagra, el clonazepán, los calmantes y el apetitol, todos juntos. Lo que pasa es que si la gente lo descubre, se acaba Estados Unidos, así como ustedes lo conocen”. Escucharon mi inglés oxidado con una sonrisa pintada en sus caras y sus pistolas calibre 45 milímetros enfundadas en sus estuches. Evaluaron (lo supe por su lenguaje corporal), si Vuestro Humilde Narrador, sería un terrorista o más bien un ser inofensivo, a pesar de tener esta cara de malo.

Cuando entendieron que soy cordobés y que así me gano la vida, aflojaron. Les firmé un ejemplar de Patria del Viento, con una dedicatoria que no supe si entenderían:

“A mis amigos, los generosos oficiales de la inmigración estadounidense, que me dejaron entrar a su patria y contar algunas intimidades, les dejo estas historias de mi tierra. Con aprecio, su amigo EB”.

Los oficiales no hablaban español. Les sugerí que se pongan de novios con alguna puertorriqueña muy traviesa y de pechos grandes para que se los lea en babydoll.

“Why babydoll?” Preguntó uno.

Porque sí.” Les guiñé un ojo.

Y así, Vuestro Narrador entró en el país imperial.

Corremos unas cuantas cuadras. Nos deleitamos con el clima primaveral. Giramos en una esquina. Una gigantografía de Victoria´s Secret exhibe una modelo semidesnuda. Cubre la cara de un edificio de treinta pisos. La imagen de esta adolescente de labios brillosos ha sido manipulada por un software con el fin de disimular su humanidad. Ellos lo saben: el ser humano asexuado, imperfecto y vulnerable, simplemente no es negocio.

Avanzamos con paso firme. En la esquina divisamos al Hotel Plaza, famoso por tener aplicaciones de oro en los baños de sus habitaciones. Varias veces más alto, se divisa el edificio del magnate Donald Trump, quien vive en el penthouse, y desde allí vigila Nueva York.

-Esa es la Plaza Columbus -dice Pali -.  Y esa de allá es la famosa tienda de Apple de Central Park.-Señala una estructura de cristal. En el fondo brilla un cartel luminoso con la manzana mordida.

A cien metros, aparece el horizonte verde y los árboles erguidos sobre el panorama. Tomamos el parque por el costado Este. Los carruajes antiguos tirados por los caballos percherón yacen estacionados. La acelerada de Pali me ha hecho agitar un poco, pero aún tengo aire. Eduardo luce relajado. Un carro de hotdogs yace estacionado al lado de un toldo en donde se exhiben remeras que tienen impresas en el pecho I © New York. Pasaron veinte minutos desde que salimos del hotel.

La gente va y viene. Rumores en diferentes idiomas flotan en la atmósfera. Distingo el portugués, el inglés y el francés. Muchos corren, otros montan sus bicicletas. Otros más, disfrutan de una caminata y toman fotos. El césped exhibe diferentes tonos de verde. Un inmenso árbol de hojas rojas me llama la atención. Diviso una corredora rubia. Acelero hasta llegar a su lado.

-Disculpame -le pregunto -. ¿Sabés como se llama ese árbol de ahí?

-Ni idea, lo siento -se saca el auricular de una oreja.

-Está bien -se me ocurre preguntarle algo más. -¿Qué música escuchás?

Me mira de manera extraña. Toma aire. Mira a Eduardo y a Pali para asegurarse que no soy un pervertido. ¿Acaso tiene señales alentadoras?.

-James Blunt. La canción se llama Wise Man.- Mira el Ipod.

-Cool -digo disimulando mi falta de aire-. ¿Y cómo te llamás?

-No voy a decirte ni una palabra más.

-Quedamos así. Gracias.

Los muchachos me miran y sonríen. Cuando yo era soltero, tenía un abordaje temerario. “Piropeaba” a todo lo que se movía. Siento que he perdido la maña. Para eso existe el pasado: para revolcarse en él y evocar aquellos momentos de cazador que duraron hasta que a uno lo cazaron.

Un cantante afroamericano de voz ronca entona Downtown train, la canción de Tom Waits. No la canta como Tom, sino más bien, como lo haría Rod Stewart. La gente se ha dispuesto en semicírculo para escucharlo bajo un olmo americano:

-Will I see you tonight ⁄ on a downtown train ⁄ All my dreams ⁄ all my dreams fall like rain ⁄ On a downtown train.

El cantante cierra los ojos y aprieta el micrófono con dramatismo. Tomamos un atajo y bajamos unas escaleras de piedra. El olor a tierra húmeda me da placer. Los corredores y patinadores van y vienen. Las gotas de sudor ruedan, caen, estallan. Las endorfinas me dan alegría. Los dolores del cuerpo y las cicatrices del alma indican que estamos vivos.

Van treinta y cinco minutos. Mi frecuencia cardiaca se estabiliza. Avanzamos por un sendero con césped flanqueado de jardines. Diviso un puente bajo el cual, un saxofonista de lentes negros y sombrero toca su instrumento dorado. Se contorsiona y da la sensación que el sonido emanara de su pecho. Desembocamos en una laguna gigantesca. Eduardo y Pali están adelante. Acelero, braceo con fuerza.

-¿Cómo se llama esta laguna? -Pregunto a un corredor que viene en sentido contrario.

-Este es la reserva Jackeline Kennedy -me contesta. Levanto mi pulgar.

El panorama urbano de Manhattan se refleja en el agua. Los rascacielos modernos contrastan con los edificios antiguos. El Empire State Building se ve a lo lejos. Ya no están las torres gemelas. En su lugar construyen unas torres nuevas. Nueva York susurra:

“¿Quieren que nos paralicemos lamentando el pasado? ¡Fuck you! Ahora vamos a hacer algo más grandioso todavía”.

Una familia alimenta unos ornitorrincos que nadan cerca de la orilla. Bordeamos la laguna y cruzamos un jardín. Unos músicos soplan sus instrumentos de viento. ¡Un momento! ¡Esa música la conozco! Hacen una versión de El cóndor pasa. Siento que el mundo anida en mí. Y todos esos edificios que se levantan, todos esos puentes centenarios, y la belleza de estas calles parecen tener un mensaje: lo que ves erguido es una manifestación del poderío humano.

Corro hasta el lado de Eduardo. Hana Navratilova, su mamá, vivió y trabajó en Nueva York. Acá conoció a su marido Alvaro, el papá de Eduardo. Le pregunto:

-Hana conoció a “Jacky” Kennedy cuando vivió en Nueva York, ¿cierto?

-Sí, era cliente de mi mamá cuando trabajaba en el Keneth Institute.

-¿No conoció a JFK?

-No, porque en ese entonces ya lo habían asesinado. Pero según Jackeline, era un mujeriego invencible.

-¿Así como Milan Kundera, Hemingway o Henry Miller?

-O Diego Rivera o Salman Rushdie.

Hana me contó que Jacky se quedó sin plata y por eso se casó con Aristóteles Onassis.

-Debe haber sido una mujer muy seductora.

-Toda una mantis. -Sube las cejas.

El árbol con hojas rojas se aparece una y otra vez. Se yergue en cada cantero. Aún no sé su nombre. Tiene porte de guardián. Regala colorido y sombra. Cobija los nidos. Él y yo somos parte de este parque, donde la vida ocurre. Donde el mundo se despliega.

Ya vamos de vuelta. Mi camiseta está empapada. Mi respiración suena agitada. Pali y Eduardo corren demasiado rápido. Entramos por otro sendero. Una señora de setenta años parada al lado de un equipo de música practica el tap dancing. A ambos costados del sendero encontramos paisajistas y caricaturistas. Sus miradas yacen concentradas en sus lienzos, montados en atriles de madera.

-¿Qué les gusta de New York? -le pregunto a dos mujeres de unos cincuenta años que caminan tomadas de la mano.

-La diversidad, las posibilidades, el ánimo.

-Gracias. Soy de Argentina, de Deán Funes. I love New York -grito al pasar.

Ellas sonríen. Tal vez entiendan lo que me pasa. He estado aquí pocos días. Me parece haberlo visto todo. Todas las lenguas del mundo, todos los credos, los colores, los sonidos, las perspectivas, las avenidas existenciales, las grandezas, miserias, y demás posibilidades humanas.

Esta ciudad se parece a un amor que sacudió tu mundo y quebró tus parámetros. Un amor glorioso que explotó en tu pecho, se trasladó a tu mente, electrificó cada uno de tus músculos, y, al convulsionarte en un orgasmo, te llevó a depositar en ella todos tus anhelos, con la esperanza de que crecieran fuertes como rascacielos. Una vez que has estado en Nueva York, se queda dentro tuyo para siempre.

If you love New York, New York will love you back “, dice un graffiti.

 

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Café Metropol

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Le doy cuerda a mi reloj Omega modelo 1957. A través del vidrio rayado, sus agujas marcan las diez y veinte. El aire de la mañana ventila el comedor de mi casa. Fijo la vista en la foto de mi hija, colgada en la pared. Se fue en el 2001 a vivir a Ibiza. Trabaja en una comunidad de fundamentalistas ambientales que practican la poligamia, el marihuanismo y otra disciplina llamada “toma de ayahuasca amplificadora de conciencia”.

Hace más de seis meses que no llueve y hay una epidemia de tos en la ciudad. Bebo un vaso de agua helada, me despido de mi mujer y me encamino a la puerta. Giro el picaporte, salgo a la vereda.

En el taller de escritura organizado por el Pami, el profesor nos asignó relatar una actividad cotidiana. Una motoneta pasa a toda velocidad por el costado de un sulqui. Arriba de la jardinera, un hombre de unos cuarenta años chifla a un burro con las riendas en la mano. El animal golpea sus cascos contra el pavimento. Agazapados en los palos borrachos repletos de flores blancas, los loros barranqueros cotorrean desde las ramas. Atravieso la calle y me cubro del sol con la mano.

Aquel de bigotes, sombrero, lentes y shorts floreados es mi amigo Papilo. Nos conocimos el primer día de escuela. Hace sesenta y cuatro años nos sentaron uno al lado del otro. Cursamos juntos la primaria, la secundaria y trabajamos juntos vendiendo máquinas de escribir Olivetti. Algunas veces hemos vacacionado con nuestras familias en la costa. Nos jubilamos hace unos años. El enviudó y soy el amigo que le queda.

Nuestra caminata diaria comienza en el parque, enfrente de mi casa. Me limpio con el anverso de la mano el sudor de mi frente. Dos perros abotonados miran en direcciones opuestas. Mantienen sus orejas caídas, como si les avergonzara ser prisioneros de sí mismos.

Papilo desenrolla una manguera (todos los días la trae de su casa), la enchufa en un grifo, lo abre. Riega un joven olivo plantado junto a tevetias amarillas que oscilan agitadas por una suave brisa. Me detengo a su lado. La tierra comienza a absorber el agua marrón coronada por una espuma blanquecina.

“Esta ciudad está muy gris, Carlitos”, dijo Papilo hace tres años.

Dividió un mapa de Villa Providencia en cuatro. En seis meses, plantamos doscientos cincuenta árboles en cada cuadrante. Sobre las veredas, los canteros y en las plazas, crecieron olivos, jacarandás, fresnos, nísperos, eucaliptos y algarrobos.

“Esta es nuestra forma de quedar”, decía mientras trasladábamos los plantines a la tierra.

Un picaflor sobrevuela una duranta de flores violetas. Su cuerpo negro resplandece con el sol. Acerca el pico a los pétalos, se mantiene suspendido en el aire, y desaparece.

-¿Listo? -le pregunto.

-Ya casi, Carlitos. -Estira la manguera, se sacude las manos y partimos- Nadie riega esos árboles, ¡carajo!

Por lo general, nuestras caminatas duran unos cuarenta minutos. A veces nos demoramos más. Eso sucede cuando Papilo abre los grifos del parque y se pone a levantar la basura del suelo. O cuando provoca a los transeúntes con alguna teoría conspirativa global.

Caminamos unos metros y Papilo se detiene frente a la garita del cuidador del parque. Está sentado leyendo el diario, con el termo y el mate asentados en el suelo. Se quita las gafas, aguza la mirada. Niega con la cabeza. Se le ponen los ojos de loco. Camina hasta él y lo amonesta con un largo sermón sobre la importancia de los árboles. Le habla de la sombra, la madera, la savia, y los pájaros escondidos en las copas. Yo miro la escena en silencio. Su vocación es permanecer enamorado de los frutos de la naturaleza. ¡Tiene derecho a defenderla! En la verdulería del Goyo, por ejemplo, lo he visto pasar media hora parado frente a un montón de sandías, imaginando vaya a saber qué cosa. Y dijo:

“Cuando llegue la hora, Carlitos, quiero que me cremen y que esparzan las cenizas en el mercado de abasto”.

Seguimos hasta la altura de la municipalidad. Los capullos blancos de una dama de noche se descuelgan desde un muro de ladrillos. Por la noche, la luna llena abrirá sus pétalos y en alguna otra latitud, elevará la marea. Doña Marta teje sentada en un banco de la plaza. Es famosa en Villa Providencia porque intentó suicidarse tres veces. Luego del último disparo de su pistola calibre veintidós, se unió a la iglesia de los neo-catecúmenos. Ahora cree en la inmortalidad.

En la esquina, un patrullero burla el semáforo. Los policías sonríen dentro del auto. Uno de ellos ceba mate, el otro fuma. En la puerta se lee “Unidad regional 431 Villa Providencia” y abajo se ve un escudo. El auto deja un rastro de smog y avanza calle abajo. Continuamos por la vereda hasta el paso a nivel. Siento dolor en la rodilla. El doctor Bracamonte me dijo que es artrosis. Las ruedas oxidadas de un tren permanecen a un costado de las vías. La hierba sobresale en medio de los rieles. La casilla de control se yergue a un costado exhibiendo ventanas sin vidrios. Una bandada de catas cruza el cielo rumbo a una hilera de eucaliptos. Retornamos por un sendero en medio de los andenes. El calor se acentúa con cada minuto.

En la esquina del Hotel del Faro, un feligrés permanece con la mano apoyada en el vidrio de una ermita. Murmura un pedido urgente frente a la estatua de San Expedito. De cuando en cuando, clava su mirada en los ojos azules del santo, que yace cubierto por una capa roja abrochada en su pecho. Viste falda dorada con una pechera del mismo color. Una de sus sandalias romanas aplasta un cuervo. Sostiene en alto una cruz con la palabra Hodie.

Al terminar la caminata, nos sentamos adentro del Café Metropol. Los apostadores de las carreras de caballos y riñas de gallos se reúnen a sobarse los golpes del azar. Otros, juegan al dominó y se insultan amigablemente con todas las malas palabras que existen bajo el cielo azul manchado de nubes que cubre Villa Providencia.

La bola blanca golpea la roja, emite un sonido seco. Dos contrincantes portan sus tacos de billar alrededor de una vieja mesa de paño desteñido y troneras de soga tejida. Circulan estudiándola con actitud felina. Llevan los cigarrillos humeantes encajados en sus dedos. Cerca nuestro, otros yacen mudos frente al televisor. El reflejo alumbra su cara mientras el tiempo desaloja de a poco su vida.

Y pienso: existir es una convención, un acuerdo que aceptamos en silencio. Pero también, algo que apenas comprendemos. Después de tantos años, hemos callado las preguntas. Enarbolamos la cotidianeidad como un conjuro contra la decepción.

El tren pita a lo lejos. Papilo esboza una sonrisa con la mirada perdida en los andenes. Solo él sabe qué acarrean aquellos vagones enganchados al recuerdo.

-¡Dos! -grito en dirección a la barra. Formo un pocillo con el índice y el pulgar. Tito, el mozo, asiente con un golpe de mentón. Al resto de los muchachos le brillan los ojos cuando una vedette muestra el culo.

Carlitos Torres García

L.E 10.657.333

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Instrucciones para robar arte

Plenitud. Oleo sobre lienzo (80 X 100 cm). Mario Sanzano

Alguna vez fantaseé con robarme un cuadro de Mario Sanzano. No debe ser una tarea fácil. Primero, estudiaría como fue que robaron “El grito”, aquel cuadro de Edvard Munch tan famoso, en que se expone la desesperación. También me instruiría sobre el modus operandi de los ladrones más importantes de la historia, tan solo para darme una idea de las cosas básicas que hay que saber para robar arte con profesionalismo. En los cinco golpes más famosos de la historia robaron obras de Da Vinci, Matisse, Picasso, Braque, Goya, Van Gogh, Léger, Modigliani, Gaughin y Picasso.

En los meses previos al golpe, tomaría un curso para desactivar alarmas, conseguiría guantes de goma en el supermercado de la Yaya (al frente de la catedral), cruzaría la plaza Sarmiento hasta la calle 25 de Mayo, en la peatonal saludaría a los muchachos del café, entraría en el Emporio Económico, “donde su peso vale dos pesos”, caminaría a la góndola de los gorros de invierno (sin que me vea mi hermana Astrid, la propietaria de la tienda), y buscaría un pasa-montañas oscuro.

- Tiene que ser lo suficientemente grande como para esconder mi nariz, que por culpa de mis ancestros nómades, desérticos y poligámicos, adorna mi cara como un complicado mueble barroco que ocupa el living de un departamento – le explicaría a la vendedora-. Después arreglo con mi hermana, anoteló por favor -mentiría.

Volvería a casa para continuar con los planes de mi golpe. Por las dudas (esto de robar arte tiene mucho de abrir puertas), le pediría a un cerrajero (Norberto Tosini, en diagonal al “polaco”, es muy bueno), que me enseñe unas técnicas de cómo fabricar una llave.

Para relajarme en las siestas y entrenar el ojo, vería la película Ocean´s Eleven, que expone el carácter de los ladrones de arte. En una de esas, también aprendo a caminar con la elegancia de George Clooney. Porque un buen ladrón de arte se desplaza con gracia; no arrastra sus pies enormes y planos con ademán de condenado a muerte.

En mi plan maestro tendría que estudiar la forma de perder el miedo a ser descubierto y seguir adelante. Lo primero que se me viene a la mente es tomar una o dos clases con el intendente de mi pueblo. Aparte de compartir el gusto por la buena literatura y los versos refinados, él y yo fantaseamos con apropiarnos del arte ajeno. Nuestro protector y gobernante, don Alejandro Teijeiro, plagió a un artista en frente de miles de personas. Lo hizo sobre un escenario, con una seguridad arrebatadora, una cara de póker que el mismo George Clooney admiraría. De haberlo visto, quizás le hubiera regalado su Oscar.

Lo pienso de nuevo y me contengo. Don Alejandro ni siquiera es un buen ladrón de arte, es uno descuidado, de esos que dejan sus huellas dactilares y pisadas sucias en cada sitio al que entran. El artista al que estaba plagiando, el poeta Daniel Quintana, asistía al robo de uno de sus poemas, como si fuera el espectador de una película de terror que transcurría frente a sus ojos. El fruto de su trabajo, su creación, el producto de sus emociones, estaba en boca del plagiador.

Don Alejandro, con la tranquilidad propia de los que tienen asegurados los favores políticos del poder, pronunció un discurso impecable, de un gran valor artístico y literario. Lo vi en un video de Youtube (si bien soy un amante del folclore, decidí no asistir a la apertura del festival porque cuando escucho a los gobernantes de mi pueblo me agarran episodios de gripe intestinal). Don Alejandro estaba conmovido por su discurso, salía de su boca como propio. Puedo imaginar la sensación de Daniel, ese pálpito en la boca del estómago que siente la persona a quien están robando. ¿Cómo imaginar que catorce años después el intendente le robaría aquel poema publicado en la revista La posta en enero de 1998?

Daniel debió esperar, con el corazón palpitante, anhelando, de forma incrédula, a que al final don Alejandro le diera el crédito, una ilusión, por supuesto, eso no pasó, el público aplaudió al intendente mientras Daniel se tragaba la bronca como un escorpión que bajaba por su garganta. Don Alejandro victorioso, celebrando “su discurso”, su triunfo efímero, el robo, ese shock de adrenalina que embriaga a todos los ladrones cuando sienten que se salieron con la suya.

Los atributos originales del poema, la descripción del origen del festival, la musicalidad, el juego de palabras y los versos, habían quedado ante el público como de propiedad del plagiario, quien con su voz de orador entrenado en los potreros de la juventud radical y su tono de sacerdote, reprodujo, casi íntegramente el poema de Daniel Quintana. Incluso se dio el lujo de editarlo para volverlo “más suyo”.

Para todos los demás, ajenos a lo que acontecía, la noche del plagio estuvo llena de alegría. La luna refulgente fue testigo. Los deanfunenses exhibían sus sonrisas y se divertían bailando y cantando en un festival que los hace olvidar sus penas: la falta de oportunidades, los fondos virtualmente desaparecidos o presuntamente malversados, las obras permanentemente postergadas, los contubernios de la cooperativa de servicios, el manoseo institucional y las demás aberraciones que nos tragamos con la impotencia anidada en las gargantas.

Vuelvo al cuadro de Sanzano. Para robarlo necesitaría perder el miedo a hacerlo, dejar atrás el cargo de conciencia. En esto si podría ayudarme don Alejandro, enseñarme cómo se hace para seguir viviendo con dignidad después de un plagio a un artista de su mismo pueblo, al cual debería proteger e impulsar (en vez de desvalijar) . Aquí sí parece ser un gran maestro, y seguro me dará unos cuantos consejos. Al fin y al cabo su robó fue frente a todo un pueblo. Su discurso, de dimensiones filípicas, pasará a la historia, no propiamente por estar impregnado del anhelo de un poeta memorioso.

Volvamos al cuadro de Sanzano. Escogería una noche de cielo limpio, sin viento. Vestiría de negro. Un chofer me esperaría a la salida. Antes de entrar a la sala de su casa miraría la luna amarillenta, deshabitada, lejana. Cómo Dios me echó del paraíso por ser un pecador crónico y convencido, me encomendaría a la gracia del cosmos. Me avocaría al plan, escrito con birome en un papel (por si me traicionan los nervios), entraría en puntas de pies con la ayuda de la linterna de mi celular Nokia 1100 (acaso el celular más subestimado de la historia de las comunicaciones), estudiaría las obras, y me concentraría en las que están terminadas. Elegiría una de un metro por un metro. Un paisaje de mi tierra en el atardecer, con ese fondo cortado por las sierras y un algarrobo en primer plano.

“No te emocionés ahora, pelotudo”, me diría al ver el juego de colores en el lienzo. Mi corazón se aceleraría, transpiraría un poco, pero seguiría adelante negando esa voz interna que te culpa de ser un ladrón y robarse un cuadro tan hermoso como la tierra preñada en primavera.

Le mandaría un mensaje de texto al chofer para avisarle que ya salgo en dos minutos treinta y cuatro segundos. Diría: “Prnd el mtor q ya llgo, ppá”.

Saldría por el techo, digamos, y correría para dejar atrás el perro que me quiere comer los huevos. Me cambiaría de ropa en mi casa y me iría a tomar una cerveza helada al bar de la Shell (con mi amigo “abeja”) para celebrar el triunfo.

Guardaría la obra en el panteón familiar del cementerio de Deán Funes hasta que el fiscal y los policías se aburrieran de andar haciendo esas rutinas de investigación que les quitan el tiempo.

Parece un plan brillante, aunque no me tengo mucha fe. Soy un tipo disperso y seguro dejaría un reguero de cabos sueltos, como dice Jorge Drexler en una canción.

¡Qué fantasía! Llevaría ese cuadro a todos lados. Me pondría frente a él en una tarde cualquiera, lo admiraría y sabría que mi niñez, mis amores truncos, mis montañas, mi familia, mis alegrías, tristezas y el resto de demonios y ángeles que habitan mi mundo, están en un lugar tangible y seguro, enmarcados bajo el cielo de aquella obra impresionista. El día en que sufra hambre lo vendería en el mercado negro por una suma que le daría a mi hija la posibilidad de estudiar y viajar por el mundo, algo que mi oficio de escritor difícilmente le asegure.

A través del cuadro, le robaría a mi pasado su memoria perdida, me defendería del olvido, el padre de todos los ladrones. Es una fantasía distinta a robarle la voz a un poeta y hacerla propia en frente de todo un pueblo.

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Saludo de fin de año para Usted

Ojalá no nos vayamos al carajo. Usted puede irse, si quiere.Sería injusto no saludarlo en esta fecha. Soy “la gilada”. Sé que usa esta palabra para identificarme, sentado en el bar con sus colegas, mientras el humo del café y el cigarro serpentea reflejado en los vidrios de sus anteojos negros. Entonces dice “la gilada”, y hace girar la palabra en su boca, juguetea con sus sílabas, y las aprieta contra el paladar como si fuera un caramelo. Luego mira a los de su clan, mientras esboza la media sonrisa que aprendió sentado en su despacho, viendo como la gente implora por dignidad. Usted les da promesas a cambio. Y eso le da poder. Usted y yo sabemos que necesita un pueblo enfermo, triste, ignorante y necesitado. En esa carambola de miseria anida lo único que lo aferra a su sillón.

Usted, que camina por la plaza del pueblo como si fuera Pellegrini o Mariano Moreno. Usted, el rey de la trenza, la opereta, la bicicleta y el ninguneo, también es un ser con terminaciones nerviosas (no confunda con sensibilidad). Y eso, mal que nos pese, lo une al mundo.

A veces exagero, y pienso que usted es el culpable de todos los males; de los tsunamis, de la tala indiscriminada, de la contaminación de las aguas, de las mentiras, de las guerras, del olor de los feedlot, del tren que no funciona, de la prensa comprada, del cajoneo de expedientes, de las religiones, y de las injusticias. Pero hoy, lo quiero incluir en mi saludo de fin de año.

Por más que haya festejado con champagne el triunfo de sus estratagemas mientras en el hospital de su pueblo faltaban cosas básicas. Por más que se haya quedado con el dinero del hogar de ancianos (entre otros) y nunca haya hecho un carajo por enmendarse (una sugerencia: el cartel de “próximamente geriátrico” lo debería poner en la entrada de la ciudad).

Por más que haya escondido fondos que eran para obras, haya endeudado y empobrecido al pueblo y la televisión haya llegado antes que la justicia para informarnos, le quiero desear el bien aunque no se lo merezca. No me quiero ir por las ramas (es un árbol de muchas ramas, sus chanchullos).

Le quiero desear el bien por más que haya buscado gente con buen nombre para tapar su fachada. Yo se que hay gente a su lado que tiene ganas de ayudar al prójimo. ¡Ojo!, el pueblo sabe que una manzana podrida acaba pudriendo todo el cajón.

En este fin de año quisiera decirle que creo en usted. Que esos rumores de sustracción de fondos públicos no tienen asidero. Que todos ladran porque es señal de que cabalga, Sancho. Que la gente es envidiosa y mal intencionada y le quiere hacer daño. Que en realidad, esa sonrisa y esa mirada suyas son sinceras, y que le importa la felicidad del pueblo. Que ha dejado su sangre, sudor y lágrimas como lo hizo Winston Churchill por Inglaterra. Que en realidad no ha tenido suerte: lo han boicoteado y han sido injustos con usted. Que no ha tenido tiempo para hacer su gestión y sacar al pueblo del pozo depresivo perpetuo. Quisiera decirle que estoy de su lado y lo defenderé de las acusaciones de “esos giles”. Juro que quisiera decirle eso con todas mis fuerzas…

Pero ocurre que vengo de las entrañas de “la gilada”. La indignación me arde en la lengua y mi decepción es añeja. Este enojo no tiene piso ni techo.

Pero fin de año es fin de año. Quizás los mayas hayan tenido razón, y no lo pueda saludar el año entrante. Ya ve, esta puede ser mi última oportunidad para desearle un cambio. Aún así, no quiero alargar este saludo. Sé que usted es un tipo ocupado y su lectura se agota en los panfletos.

Para cerrar este saludo le diré algo: “la gilada” somos muchos. Habrá visto que el dolor de alguien nos entristece a todos y nos hace más humanos. Por eso le deseo que aprenda de “la gilada” y el año que viene ya no sea así como es.

Le deseo un día de paz y de reflexión. Un acto de contrición (acaso una de las cosas buenas del dogma), y que recuerde que ningún hombre es una isla. Con esta frase, Hemingway, un premio Nobel, abrió una de sus obras: “Por quien doblan las campanas”. ¡Tiene que significar algo!

Le propongo que medite sobre esto, aunque usted y el resto de los que lo son como usted, sientan que son como las Islas Canarias.

A usted le deseo paz y un cambio de personalidad.

Con sinceridad,

“La gilada”.

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Acuarela

La media mañana invade y pinta de sol el departamento en donde vivo. Tengo el torso desnudo (no funciona el aire acondicionado), y una gota de sudor corre por mi pecho hasta desaparecer en mi ombligo, cráter de mi vientre magnificado por pastas, excesos, sedentarismo y parálisis emocional. A Frías no llega el viento refrescante de Deán Funes. Estoy tramando una novela y solo tengo un párrafo. En estos días quise escribir una canción y amontoné malas palabras. Leo un par de periódicos, mientras tomo mates con tomillo que arranqué de una maceta del balcón. Parece que un psicópata mató a su hijastro Tomás con golpes en la cabeza. Decido entrar en Facebook para cambiar un poco de aire, pero me encuentro con un informe de ADN, un programa de televisión con periodistas de verdad en el que se denuncia a los gobernantes de mi pueblo. ¿Hicieron una proeza? Sí, una de prestidigitación. Escondieron algunos cientos de miles de pesos y nadie sabe dónde están y, además, endeudaron por varios millones de pesos a los deanfunenses imponiendo un nuevo récord histórico de ineficiencia financiera y corrupción humana. Los imagino en sus automóviles nuevos riéndose a carcajadas de los pobres contribuyentes abusados que quieren cambiar el estado de indefensión de sus familias. Acobardado, abro otro diario y leo que un campesino trabajador del MOCASE fue asesinado por unos mafiosos en Santiago monte adentro. Los únicos que van presos son los ladrones de gallinas. Tenemos el sufrimiento garantizado porque el ser humano es el animal más egoísta de la creación. La prueba radica en que hemos inventado un Dios a imagen y semejanza nuestra: asesinó a los primogénitos de Egipto, y nos robó el paraíso de un plumazo, entre otras bribonadas.

Cierro la computadora y camino al balcón con un mate en la mano. Le agrego endulzante artificial. Me apoyo sobre un cantero sembrado con “jazmines del cabo”; sus pétalos ya se han secado. Una vaquita de San Antonio camina sobre las ramas de una planta de quinotos, y se detiene en el corazón amarillo de su azahar florecido. Mueve con frenetismo las antenas. Supongo que ella también busca respuestas bajo el sol ardiente que traspasa los guadales que rodean la ciudad. Una cortina de eucaliptos lejanos corta la visual. El tren estacionado, seguido por vagones cargados de granos, descansa sobre rieles que cortan a Frías en dos. Un cardenal como el que inmortalizó Jacinto Piedra, con la cabeza roja, se asienta sobre la palmera y canta. Alza vuelo sin otra agenda que agitar los músculos de sus alas hasta que su cuerpo le pida agua o una rama. Dichoso de él.

Resoplo. Me tomo la cabeza con las dos manos. Me siento en una silla y pienso en mis propios vacíos y zonas erróneas.

Entonces, la veo venir descalza, con un pincel en la mano y un papel en la otra. Manchas de acuarela colorean su cachete izquierdo.

– Papá, te traje una pintura – dice Azahar.

La tomo entre mis manos. Intento interpretar los trazos firmes. Me dejo llevar por los colores fuertes. Una zona caótica y turbulenta está representada por un azul, como el de la noche cubierta de penumbra que techa el planeta de soledad. Contrasta con un fucsia avivado con visos naranjas, como una explosión que abrigaría la ilusión de los descorazonados. Me gana la sonrisa.

– Es una estrella fugaz rompiendo la oscuridad – dice.

Estrella fugaz rompiendo la oscuridad. Acuarela 20 X 15 cm. Artista: Azahar Bechara

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Patria del viento (prefacio)

Cerámico del maestro Martín Santiago

Prefacio de mi próximo libro “Patria del viento”, que publicaré a fin de año.

El día en que Deán Funes ya no exista para mí, me habré convertido en un vagabundo. Mis padres no estarán. Mis hermanos ya no serán las personas que crecieron conmigo: la adultez habrá endurecido sus expresiones. Otra familia habitará mi casa con su folclore, con sus batallas y sus aromas.

Escribo estas palabras enfrentado a la suma de mis miedos. Pronto, yo tampoco estaré. Me habré convertido en parte de la tierra. Mi alma será un fósil etéreo del que nadie podrá hacer una inferencia. Ni atacarla, ni entenderla o conocer los detalles de su fugacidad, mucho menos, conocer el propósito de su paso por el mundo. Tampoco estarán mis fotos, mis amigos, mis mujeres y sus nietos. El mundo cansado y seco dejará de girar. En el final de los finales, el Apocalipsis hará de mi pueblo de leyenda, un campo sembrado de meteoros, una tierra infestada de criaturas del inframundo que absorberán las almas de los vivos con sus lenguas de tenias. Las bibliotecas en donde mis libros ganarían posteridad, serán incendiadas por una horda barbárica. Las sonrisas que me anestesian se habrán transformado en indiferencia. El olvido terminará sepultando mis plazas con escombros. Todos, tarde o temprano, habremos perdido nuestras esquinas. Antes de que esa profecía se materialice, tengo algunas cosas que decir.

Volví después de una ausencia. Llegué cruzando todos los puentes como cualquier peregrino. Mi bolso pesaba veinte kilos, mi vida pesaba veinte kilos. Lo traía lleno de amuletos de la memoria: libros, discos, fotos y souvenirs. Aunque el acento que heredé de los comechingones asesinados sonaba igual al que pronunciaba antes de irme, descubrí que yo no era el mismo. Traía el pelo largo con un rodete amarrado en mi cabeza y el yodo de seis mares pintaba mi piel envejecida. Una barba dramatizaba mi aspecto. Saludé con un abrazo a mi gente sentada en la plaza. Algunos bebían café en los bares. Otros, caminaban lento y sonreían, dueños de su tiempo. El sol de mi tierra me calentó el alma.

Los amigos, el arte y la bohemia, aguardaban para despertar en cualquier momento. Le grité al cielo:

—¡Es bueno irse para saber lo que es volver!

Volví a la cuna de mis trenes, esos gigantes dormidos sobre un ramal de vías que abrazaba al país. Todo parecía igual aunque todo había cambiado. Muchos habían desalojado de sus rostros la inocencia, y la habían reemplazado por el rictus que da la gravedad de existir. Me refugié en mi casa, deambulé por mis calles, me di cuenta que conservo en mis ojos el destello de una infancia de amores truncos, amigos entrañables, plazas abiertas y estrictos códigos de barrio.

Parado frente a los edificios del casco céntrico, quise reconstruir historias de lejanía. Sumido en el invierno le indagué a mi corazón por su insatisfacción maniática. Me contestó que el mío no era el único corazón insatisfecho. Añadió que hay cosas que constituyen la fundación de nuestro ser y son imposibles de cambiar.

Estas líneas llevan la sal de mi suelo. El mismo que cobija a mis ancestros. Quiero compartirlas antes de que sea tarde. Lo haré para celebrar la vida que me queda. Si hay algo de noble en mí, el viento de Deán Funes lo extrajo de lo profundo de mis huesos.

Sé que aquí me espera una lápida con mi nombre, ansiosa por decorar mi tumba.

Antes de eso, mi tierra me salvará del abismo. Pueden llamarlo fe.

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Un mundo infeliz

“La población óptima es como el iceberg: ocho novenos bajo el agua y uno por encima.” Aldous Huxley, escritor.


Minuto a minuto se fuga la tarde de Goyo Senuf. El crepúsculo de junio exhibe un cielo celeste con nubes teñidas de colores irreales. Me recuerda al palette de Pedro Poncho del Tigre, el famoso artista plástico goyense. Al escuchar un estruendo, levanto mi vista. El avión desodorizador, propiedad del ministro de asuntos ocultos, Héctor “Virus” Lein, surca el cielo aliviando el hedor de los feedlot que invaden el pueblo. Algunos de los ciudadanos reunidos frente al escenario, dejan de presionar los pañuelos contra sus narices. Otros agradecen a Dios, llevando sus palmas hacia el cielo. Esta vez, el gobierno eligió un perfume diferente para fumigarnos. Aspiro y me parece percibir unas notas de lavanda. Un cartel de tela atado a la cola del avión flamea extendido. Detallo en él la frase: “Gestión Tejeda, el astro rey que nos mantiene vivos”. La nave se pierde en el horizonte.

Se encienden las lámparas de la Plaza de los tordos. Barro el centro del lugar con la mirada. El guano de las aves suena como lluvia sobre la tela de algunos paraguas. Los tordos se ocultan en los pinos, los palos borrachos y las palmeras formando un follaje negro y ruidoso. De acuerdo a la ordenanza con fecha de noviembre de 2030, estos pájaros se declararon aves sagradas y reemplazaron la figura del tren en el escudo del pueblo. Una estatua de Cándido Tejeda, el intendente vitalicio, se erige a tres metros de donde estoy parado. Un hombre harapiento lustra la estatua con frenesí. Aguardamos su llegada para su discurso anual, en donde se reafirmará como gobernante absoluto del pueblo. En el escenario iluminado, un grupo de personas trabaja en los preparativos del acto. Se mueven de prisa, nerviosos. El viento arrastra hasta mí un papel. Se parece a un periódico. Lo piso, impidiendo que se vuele. Asiento con mucho cuidado mi mochila en el suelo. Nadie debe sospechar lo que llevo en ella.  Me agacho a recoger el papel tirado. “Esta debe ser la portada”, pienso detallando la foto que abarca casi todo el frente. Extiendo la publicación ante mis ojos. Me detengo en la fecha: 15 de junio de 2059. “Así fuimos”, propiedad del propagandista oficial Dante Lucero, muestra al ministro vitalicio de Obras Públicas. Aparece con una pala en la mano. Detallo su reloj de oro y una sonrisa forzada. Está inaugurando la segunda etapa de la red cloacal urbana, anunciada doscientas cuarenta veces desde las últimas elecciones democráticas del 20 de Junio de 2011.

La gente ya no lo recuerda y piensa que siempre fue así. Mi padre, un militante reaccionario, me contó la historia. En aquel entonces, Cándido Tejeda acumuló el dinero de los fondos de cultivos coparticipables sumado al de los impuestos de los contribuyentes. Compró la voluntad de la mayoría de los pobres a cambio de vales por comida y energía. Lanzó un referendo que cambió la historia del pueblo. Los obligó a contestar si el podía gobernar indefinidamente. Anuló la carta orgánica municipal y prohibió que se hablara de ese tema. Los empleados de la municipalidad fueron amenazados, y muchos otros fueron coaccionados y silenciados, a cambio de favores y dádivas. La prensa fue corrompida y los pocos buenos periodistas se pasaron al lado del gobierno, acobardados. Fue en el año 2013, tres años antes del asesinato de CFK a manos de los matones del Moyano.

¡Cómo ha pasado el tiempo! Si mi padre estuviera aquí, le pediría que me cuente el resto de la verdad. Pero ya no podrá. Un mafioso pagado por Tejeda, le pegó hasta matarlo cuando lo encontró pegando carteles de protesta. Luego el matón se convirtió en su mano derecha. Hoy es su secretario y vocero. El volumen de los murmullos aumenta. Cuento, a golpe de ojo, unas ciento cincuenta personas agrupadas. El Comisario del Humor Popular les reparte unas banderas. Muestran la imagen de Cándido Tejeda con una leyenda: “No temas, siempre estaré, como el sol”. Una mujer recibe la bandera.

—¿Qué dice esto que nos dan? —pregunta a un hombre parado a su lado.

—No lo sé. Yo tampoco se leer.

Un niño desabrigado exhibe signos de desnutrición. Su madre lo abraza y lo besa en la cabeza. A su lado, una anciana sostiene un vale por mil watts de luz, dos chapas, una botella de vino y dos kilos de asado, firmado por la cabeza del Ministerio de la Generosidad, Abraham Michín. El estiércol salpica sobre las lajas y mancha mis zapatos rotos. Levanto la mochila del piso y me la cuelgo de un hombro. Hay un cordón policial rodeando el perímetro de la plaza. Del otro lado hay gente con antorchas, quemando neumáticos. Insultan al intendente vitalicio. Los más de mil uniformados, unos al lado de otros, forman una cadena humana infranqueable. Usan cascos con viseras blindadas, y blanden sus cachiporras en tono amenazante. No pueden impedir que los manifestantes les arrojen piedras que impactan sobre sus escudos. Alcanzo a escuchar una canción de protesta encendida en su voz:

“Queremos otro sol / con este tenemos frío / con este hay miseria y hambre”.

Un anciano de noventa y cinco años de rostro demacrado aparece en una silla de ruedas empujada por una enfermera. Atrás de él van apareciendo uno a uno los ministros. Primero lo hace el ministro de Asuntos Ocultos. Luego el ministro de Programación Neurolingüística. Luego el ministro de Daños Colaterales. A lo último, el ministro vitalicio de Obras Públicas, seguido por el ministro de Gestión de la Pobreza. Junto a los ministros, se hacen presentes los concejales vitalicios. Un cartel se enciende con el comando “Cantar fuerte”. La gente comienza a entonar el himno a Cándido Tejeda que suena desde los parlantes: “Porque gracias a Cándido / vivimos sin heridas / Gracias a Cándido / el pueblo se ilumina / Loas a Cándido, nuestro astro salvador”. La canción se detiene. El viejo ostenta una sonrisa tenue congelada por el bótox y las cirugías. Da la sensación de alguien noble. Tejeda viste saco y corbata a rayas. Encima de él, una de las quinientas holografías distribuidas en todo el pueblo con la imagen de su rostro. Abajo distingo la leyenda que tanto he leído a lo largo de mi vida: “agradezcamos al sol por su presencia infinita”. Los asistentes del gobernante conectan un micrófono a la mesa de control. Otro arrastra la estructura de aluminio hasta el lado del anciano. Un joven enciende la lámpara votiva y las llamas serpentean arrojando borbotones de humo gris. Un cartel luminoso con el comando “Aplaudir”, se enciende. Las personas bajo el escenario aplauden tímidamente. El Comisario del Humor Popular se acerca a un hombre y le indica con un gesto amenazante:

—Deben aplaudir más fuerte si quieren cobrar la dádiva, mierdas.

El puntero político asiente con una genuflexión. Un asistente con auriculares opera los canales de audio desde abajo del escenario. Un sonido de hélices cortando el aire tapa el rumor de los presentes. La multitud se abre y un helicóptero pintado con la imagen de Cándido Tejeda desciende como una bestia mitológica. Aterriza en el centro de la Plaza de los tordos. Se baja de él un hombre de unos setenta y cinco años. Camina hacia el palco con su celular en la oreja. El helicóptero levanta vuelo y desparrama las hojas amarillas de los álamos caídas en el piso. Desaparece en el cielo, ante la mirada de los presentes. La gente se acerca al hombre. Sin dejar de hablar por teléfono, él les entrega algunos vales por carne, gas, luz y vino. Los va sacando del bolsillo de su saco de tela italiana. Su camisa clara contrasta con su traje negro y zapatos de charol, que brillan con la luz de los reflectores. Sube las escaleras y se acerca al lado de Tejeda. Le pone una mano en el hombro, lo acaricia como a un perro manso y acerca su boca al micrófono.

—¡El ministro Michín! Hace unos meses estuvo dando vales en mi barrio —dice una mujer a mi lado.

El ministro de Generosidad carraspea limpiando su garganta, toma aire, echa una mirada alrededor y comienza su discurso: —Queridos habitantes de Goyo Senuf, efectuaré algunos anuncios en nombre de nuestro glorioso intendente vitalicio, quien por causa de su mudez, por todos conocida, no puede pronunciarse. Sin embargo, el ha decidido viajar para estar presente en este evento. Como ya sabemos, nuestro sol, Cándido, se mudó a una ciudad próxima que tiene los equipos médicos que su frágil salud necesita. Estos equipos pronto serán una realidad en nuestro pueblo. Sin embargo, Dios es grande y nos ha dado este sol para muchos años más —dice mirando al anciano con ternura. Un letrero luminoso con el comando “Aplaudir fuerte”, se enciende. Los presentes aplauden con todas sus fuerzas, mientras el Comisario del Humor Popular revisa las palmas batientes del pequeño grupo de personas. El cartel se apaga y el ministro de Generosidad sigue su discurso—. Como todos sabemos, el mundo fue arrastrado a una situación apocalíptica que repercutió en Goyo Senuf, expulsando a nuestros jóvenes a buscar trabajo en otras ciudades. Gran parte de ellos emigró a Guanaco Noqueado, y muchos otros lo hicieron a Agua Pestilente. Algunos más, eligieron Villa Lutumba, convertido en el primer pueblo privado de esta provincia, comprado por nuestro amigo, el intendente vitalicio y terrateniente don Isidoro Mequelopa —Toma aire y continúa—. Es un placer estar frente a ustedes una vez más. Por más que hayan cerrado las industrias y hayamos quedado solo cinco mil habitantes, acá estamos para seguir gobernando, aunque sea para esos pocos buenos y valientes que se atrevieron a quedarse. Y hoy tengo anuncios excelentes, mis queridos goyenses: ¡Por fin se hizo realidad el proyecto de instalación de máquinas expendedoras de dádivas en todos los barrios! El mundo ha evolucionado mucho, y como no somos ajenos a este progreso, utilizaremos esta tecnología para nuestra gestión. Esta idea brillante se le ocurrió a nuestros concejales vitalicios y pronto será una realidad. Ya estamos gestionándolo, al igual que la fábrica de vodka rusa, que se instalará en breve. —Acaricia la cabeza del anciano gobernante, que tiene los ojos cerrados, como sumido en un sueño profundo. La enfermera le limpia la baba que le cae en la solapa del saco y el ministro continúa—. Después del brutal asesinato del último defensor del pueblo, empalado en la plaza por terroristas antigobierno, el pueblo necesitaba una voz. Cándido, nuestro sol, designó uno nuevo. Él será encargado de decidir cuales son las cosas de las cuales deben defenderse. Porque estamos todos unidos y unidos podemos. Unidos pareciera que fuéramos mucho más. —Acentúa las últimas palabras y el cartel se enciende con el comando “Gritos enardecidos y aplausos”. El Comisario del Humor Popular arenga al pequeño grupo de personas.

Los gritos de los manifestantes se escuchan cada vez con más intensidad. El ministro continúa—. ¿Cuántas veces hemos tenido que prescindir de nuestra energía porque es cara? Pronto instalaremos un dique subterráneo con aguas de deshielo de la cordillera para abaratar todo. Pero les tengo una sorpresa fenomenal, mis queridos goyenses. Hemos demostrado a lo largo de todo el siglo veintiuno que somos la única opción, queremos decirles que nuestro equipo técnico ha conseguido hacer realidad un sueño. Un sueño que hasta hace unos años parecía imposible de imaginar. Como nos enorgullece contribuir a la felicidad de nuestro pueblo, quiero anunciar hoy mismo, la futura instalación de cabinas simuladoras de progreso. Estarán ubicadas en las plazas. Cuando entren a ellas, verán fuentes de trabajo, cultura, educación buena, calles asfaltadas, viviendas propias y la posibilidad de defenderse en la vida para que sea digna de ser vivida. Todo esto será una realidad. !Si señor!: las cabinas simuladoras de progreso estarán instaladas en junio de 2060. —Se prende una vez más el cartel, esta vez con la leyenda luminosa que indica: “Ovación”. La gente grita y aplaude. El ministro continúa hablando de las cabinas y luego le cede la voz al ministro vitalicio de Obras Públicas. Este habla de una pista de nieve artificial que se construirá en las sierras, de la creación de una torre de avistaje de ovnis y algunas otras cosas que ya no logro escuchar con atención. La furia en los cantos de los manifestantes casi tapa la voz del ministro. La policía agita sus cachiporras y lanzan algunas granadas lacrimógenas. La resistencia del pueblo canta con más fuerza todavía. Nadie huye, a pesar del humo y las lágrimas. Tomo mi mochila y la abro. Saco el teléfono y hago el llamado.

—Hola. Pasame con ella, me quiero despedir.

La mamá de mi hija le alcanza el teléfono. Respiro. El perfume a lavanda del avión desodorizador ya no está. Un olor a bosta de vaca parece impregnar todo el universo. Los políticos arriba del escenario tienen una sonrisa de satisfacción. Diviso a un niño caminando descalzo, pisando el guano de tordo. Mi papá me contó que Goyo Senuf era un jardín. Había dignidad y olor a piquillín. Limpio mi garganta y exhalo. Tengo miedo, pero la furia se impone.

—Hija, quiero decirte que sos lo mejor que me pasó en la vida —digo con voz cortada mientras camino a esconderme detrás de la estatua de Cándido Tejeda—. Esto lo hago por vos ¿Sabés? —hago una pausa. Miro la holografía de Tejeda y aprieto los puños—. Recordá estas palabras hija: todo cambio necesita de nuestra valentía. Cuando mirés mis fotos, quiero que recordés a tu papá como alguien a quien le importó tu felicidad. Alguien que te amó profundamente y se encontró en una situación difícil. —Hago una pausa mientras amarro la dinamita a mi cuerpo. Escucho la voz de mi hija como una música celestial. Me cuenta que está jugando con una amiguita. Que su mamá recién vino de buscar un vale de carne y otro de gas para cocinar. Tomo aire, quiero decirle las últimas palabras pero no puedo. Lo intento, mientras preparo el detonador. Hago una última conexión con unos cables que se envuelven al explosivo. Mi hija me pregunta a donde voy. Hago silencio y aprieto las mandíbulas. Mis ojos están nublados.

—Voy a hacer justicia hija mía. Voy a hacer un poco de historia —le respondo con la voz cortada—. Nunca te olvidés cuanto te ama tu papá.

Corto el teléfono y salgo caminando despacio hacia el escenario de la plaza de los tordos. Estoy sudando. Ya no escucho sus voces. Solo veo la expresión de sus caras. Todos los ministros, todos los concejales están palmeándose los hombros. Cándido Tejeda parece estar muerto, aunque está dormido. Me acerco a todos ellos, eludiendo la seguridad. Cierro los ojos. Pienso en un mundo mejor para mi hija. En un mundo feliz. Aprieto el botón rojo.

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