Desde la ventana, los automóviles se ven pequeños. Las gárgolas asentadas sobre las cornisas vigilan el paso de los transeúntes. Enfrente de nuestro hotel, el legendario Waldorf Astoria ostenta su fachada Art Deco. Sobre un portal dorado, dos banderas estadounidenses ondean con sus mástiles empotrados en la pared. El edificio ocupa toda una manzana en Manhattan. Las nubes grises opacan el cielo de la mañana. La primavera se esconde en algún lugar, detrás de los rascacielos. Ojalá no llueva.
Me siento en la cama y me coloco unas zapatillas Brooks, especiales para corredores con problemas como los míos. No hablo de los existenciales, sino de los biomecánicos. La mañana que llegué, caminé hasta la 3rd Avenue de Manhattan, vi el letrero de la tienda y entré. Le advertí al vendedor que tengo el arco del pie vencido de una manera absurda:
“Oh, yes - agregué-, además de haber asustado a algunas mujeres en las madrugadas, estos pies enormes, peludos y planos, impresionan también a los traumatólogos, papá. -Tomé aire, continué -. Yes, really. Las compraría en Argentina, pero no hay. Y las zapatillas que nuestro gobierno deja entrar, son cuatro veces más caras, tiger… La revolución que prometen es rara. El vicepresidente está acusado de chorro pero tiene una máquina de imprimir billetes. Mi país está fucked up, ¿entendés?”.
Golpean la puerta. Eduardo Bechara Navratilova deja entrar a Felipe Esguerra, uno de sus mejores amigos. Trabaja en el sector financiero y vive en Jersey City con su esposa Jennifer y su hijo Ariel. Nos saludamos con un abrazo. Bromea con Eduardo y dan unas carcajadas. Hace tiempo que no se ven. Al mirarse lo entienden todo, igual que cuando tenían trece años y corrían juntos en el colegio.
Estoy seguro que cuando Eduardo decidió ser escritor y quemar sus naves, para vivir un presente incierto y un futuro vaporoso, Pali, como le dicen sus amigos, fue uno de los que puso la mano en su hombro y dijo: “A la mierda con todos los detractores “Bech”, adelante con tu sueño. Los artistas miran la vida desde otra perspectiva”.
Todos tenemos amigos “cinco estrellas” que cambiaron nuestra historia. Mi mejor amigo se llama Jorge. Vive en Deán Funes y trabaja sin parar desde los doce años. Nadie me conoce como él, y nadie me ha tenido tanta fe. Aunque la vida nos separó, aún no ha conseguido dividirnos. Por alguna razón que ambos desconocemos, ya no hablamos tanto. Ni él ni yo, hemos pedido explicaciones. No las necesitamos.
Nuestros amigos de la infancia conocen nuestras zonas erróneas y aún así nos aceptan. Atesoran la memoria de nuestros momentos más sublimes y ridículos. Nos han visto luchar por nuestra identidad, sufrir y desesperar. Nos han apoyado y se han compadecido ante nuestra confusión, en un mundo lleno de mandatos ajenos, de trampas y miedos, donde los sueños son tan fugaces, y son tan fácilmente reemplazados por una dictadura social que nos abruma.
-Qué pena por la demora. Me cambio rápido y salimos -dice Pali y se mete al baño.
Eduardo termina de enviar las invitaciones para la presentación de nuestros libros en Filadelfia. Sale del Facebook y cierra la computadora. Tiene amigos en todos los lugares adonde vamos. Abre una bolsa de almendras, saca un puñado. Me ofrece. No acepto. Le agradezco con el pulgar en alto. Pali sale del baño con sus shorts y zapatillas.
-¿Están listos para darle la vuelta a Central Park? -pregunta.
-Listos, güevón.
-Boludo, toda mi vida quise correr por ese parque. Esta corrida la tendríamos que escribir.
Bebo un poco de agua y enrosco la tapa en la botella. Entramos en el ascensor. Dos ejecutivas de unos veinticinco años calzan zapatos con tacos altos. Una de ellas exhibe unas piernas largas cubiertas por medias negras. Ambas clavan sus miradas en la pantalla de sus Iphones. Su perfume de notas dulces contrasta con mi desodorante cítrico. El ascensor deja salir un pitido al llegar a planta baja y la puerta se abre. Las mujeres salen con prisa. Transitamos el lobby de piso de mármol reluciente. Tres árabes de turbante blanco esperan para hacer el check-in. Salimos del hotel por la puerta giratoria. Una brisa tibia acaricia mi rostro. Pali y Eduardo estiran, dan saltos en la vereda y miran alrededor. El cronómetro está en cero.
-¿Vamos?
-¡Vamos, papá! -Activo el cronómetro.
Pali sale primero, Eduardo después y por último yo. Comenzamos la corrida en la avenida Lexington, atestada de caminantes. Manhattan se divide en cuatro cuadrantes correspondientes a los puntos cardinales. Dentro de cada uno, se localizan las calles y avenidas. Es un método de orientación que tiene sentido. En Deán Funes, la Patria del viento, tenemos calles como Boulevard Zamora, la Hubert Elfen, la Walt Disney y algunas otras más. Ninguna contribuye a la orientación.
Mis zapatillas son cómodas a pesar de ser nuevas, y por momentos me da la sensación de que voy flotando. Las veredas son angostas. Esquivo una familia de cuatro personas y un hindú con su atuendo típico. En la esquina de la cuarenta y nueve, un egipcio llamado Ayman vende panchos y pinchos. Trotamos en el lugar. El semáforo se pone en rojo y cruzamos la calle. Un taxi amarillo toca un bocinazo y saca la mano por la ventanilla.
-Waddayathink Yaddoiing! -le grita a un conductor novato.
Me estoy sintiendo bien. Miro los edificios llenos de glamour. Todas estas inmensas construcciones necesitaron millones de horas hombre. Casi todas tienen más de cien años. Son la huella de varias generaciones. Llegaron a Ellis Island con la frustración enredada en sus almas. Me pregunto qué vacío, dolor, miedo, o qué calamidad fue lo que los empujó a trabajar tan duro. ¿Qué promesa habrán visto en los ojos de la estatua de la libertad?
Yo también fui inmigrante en USA, solo que en Miami me tocó comer mierda por un tiempo: asistí a la denigración de mis amigos sudamericanos y la encarcelación (y posterior deportación) de un amigo deanfunense. Su delito fue trabajar con toda su alma para mandar soporte a sus hijos. Durante los tres años en los que viví allá, presencié situaciones que acabaron descomponiendo mi romance con el American Dream. En el 2001, cualquier cosa era mejor que Argentina.
Pasamos por una pizzería, por tiendas de ropa de marca, por una cafetería, un restaurant de sushi, un local de regalos, un sex shop. Esquivamos tres hombres de raza oriental que empuñan sus portafolios negros y sonríen. Me acerco a Eduardo.
-¿Cómo vas? -le pregunto.
-¡Del putas! ¡Qué momento más sublime!
-Pali es un corredor en serio. Boludo, mirá el paso que lleva… Nosotros hace tiempo que no entrenamos …-Desenrosco la tapa de la botella, doy un trago, la tapo -. La última vez que corrimos fue en la plaza 25 de mayo de Frías, allá en Santiago.
-Serpentina y trinchera / chacarera y malambo / carnavales de antaño / y esas riñas de gallo / como olvidar todo eso / ¡Ay mi Santiago! -Eduardo canta la chacarera de los Manseros santiagueños con acento bogotano.
-¿Sabés lo raro que es escuchar a un colombiano cantando una chacarera a los gritos en Manhattan?
-Esa canción me parece buenísima. Se la escuché a Arichi Romano en el cumpleaños de Puré Salman.
Continúa:
-Huahüitas, llantos, dolor / alabanzas y rezos / niñas enamoradas / y el corazón que manda / sentimientos del alma / ¡Ay mi Santiago! -Eduardo toma aire y sonríe.
El espíritu de la tropa está en el penthouse de los estados de ánimo. Le sonrío a los niños, a los ancianos, a los curas, a los políticos, a los travestis, a los turistas yanquis del medio-oeste con camisetas XXXLLL y con cuellos ardidos por el sol de las cosechas, a los de peinado afro y dientes de diamante, a los rastafari, a los del Greenpeace que juntan votos para frenar la matanza de koalas, a los chinos karatecas, a los succionadores de noodles, a las chicas de Broooklyn y especialmente a las de Queens. También sonrío a los que salen de las entrañas del metro con los ojos encandilados y a los que me miran como si en cualquier momento me fuera a inmolar, con esta cara de terrorista que me encanta ostentar en los aeropuertos.
El día que llegué a Nueva York hice el trámite de inmigración. Mostré mi pasaporte. Lo pasaron por un lector láser. El oficial de la policía cambió la cara por una grave. Me miró y miró la foto del pasaporte. Me miró de nuevo, y de nuevo miró el pasaporte.
“Sígame por aquí señor”, dijo. En un cuarto, me esperaban dos policías más. Me hicieron sentar. Me preguntaron (con el café humeante en la mano, como en las películas), qué había hecho los últimos diez años de mi vida. “¿Usted vivió en USA y en Egipto?”, “¿A qué se dedica?”, “¿Cómo es eso que hay otro Eduardo Bechara que ingresó antes que usted?”. Les dije: “son cosas del mundo de hoy”. Les expliqué que me encontraría con mi homónimo para presentar nuestros libros: Mendigo por un día y Patria del viento. Se miraron, comprimieron los labios, negaron con la cabeza y me tuvieron dos horas más, preguntándome por detalles finos de mi vida. No me quedó más remedio que hablarle de mi familia, de mis amigos, de Deán Funes, de las chicas que me rompieron el corazón (me detuve en la historia de una novia que me puso los cuernos enfrente de toda mi familia en una fiesta mientras yo cantaba, borracho y a los gritos, Debería haber sido amor de Roxette). Y ya que nadie me conocía, confesé que una vez compré un disco de Arjona (en ese momento la misoginia me parecía un movimiento artístico auspicioso). Cuando la tranquilidad los empezó a ablandar, les dije que estoy a favor de la despenalización del comercio de marihuana: “sin ofender a nadie oficial, creo que es mejor que el viagra, el clonazepán, los calmantes y el apetitol, todos juntos. Lo que pasa es que si la gente lo descubre, se acaba Estados Unidos, así como ustedes lo conocen”. Escucharon mi inglés oxidado con una sonrisa pintada en sus caras y sus pistolas calibre 45 milímetros enfundadas en sus estuches. Evaluaron (lo supe por su lenguaje corporal), si Vuestro Humilde Narrador, sería un terrorista o más bien un ser inofensivo, a pesar de tener esta cara de malo.
Cuando entendieron que soy cordobés y que así me gano la vida, aflojaron. Les firmé un ejemplar de Patria del Viento, con una dedicatoria que no supe si entenderían:
“A mis amigos, los generosos oficiales de la inmigración estadounidense, que me dejaron entrar a su patria y contar algunas intimidades, les dejo estas historias de mi tierra. Con aprecio, su amigo EB”.
Los oficiales no hablaban español. Les sugerí que se pongan de novios con alguna puertorriqueña muy traviesa y de pechos grandes para que se los lea en babydoll.
“Why babydoll?” Preguntó uno.
“Porque sí.” Les guiñé un ojo.
Y así, Vuestro Narrador entró en el país imperial.
Corremos unas cuantas cuadras. Nos deleitamos con el clima primaveral. Giramos en una esquina. Una gigantografía de Victoria´s Secret exhibe una modelo semidesnuda. Cubre la cara de un edificio de treinta pisos. La imagen de esta adolescente de labios brillosos ha sido manipulada por un software con el fin de disimular su humanidad. Ellos lo saben: el ser humano asexuado, imperfecto y vulnerable, simplemente no es negocio.
Avanzamos con paso firme. En la esquina divisamos al Hotel Plaza, famoso por tener aplicaciones de oro en los baños de sus habitaciones. Varias veces más alto, se divisa el edificio del magnate Donald Trump, quien vive en el penthouse, y desde allí vigila Nueva York.
-Esa es la Plaza Columbus -dice Pali -. Y esa de allá es la famosa tienda de Apple de Central Park.-Señala una estructura de cristal. En el fondo brilla un cartel luminoso con la manzana mordida.
A cien metros, aparece el horizonte verde y los árboles erguidos sobre el panorama. Tomamos el parque por el costado Este. Los carruajes antiguos tirados por los caballos percherón yacen estacionados. La acelerada de Pali me ha hecho agitar un poco, pero aún tengo aire. Eduardo luce relajado. Un carro de hotdogs yace estacionado al lado de un toldo en donde se exhiben remeras que tienen impresas en el pecho I © New York. Pasaron veinte minutos desde que salimos del hotel.
La gente va y viene. Rumores en diferentes idiomas flotan en la atmósfera. Distingo el portugués, el inglés y el francés. Muchos corren, otros montan sus bicicletas. Otros más, disfrutan de una caminata y toman fotos. El césped exhibe diferentes tonos de verde. Un inmenso árbol de hojas rojas me llama la atención. Diviso una corredora rubia. Acelero hasta llegar a su lado.
-Disculpame -le pregunto -. ¿Sabés como se llama ese árbol de ahí?
-Ni idea, lo siento -se saca el auricular de una oreja.
-Está bien -se me ocurre preguntarle algo más. -¿Qué música escuchás?
Me mira de manera extraña. Toma aire. Mira a Eduardo y a Pali para asegurarse que no soy un pervertido. ¿Acaso tiene señales alentadoras?.
-James Blunt. La canción se llama Wise Man.- Mira el Ipod.
-Cool -digo disimulando mi falta de aire-. ¿Y cómo te llamás?
-No voy a decirte ni una palabra más.
-Quedamos así. Gracias.
Los muchachos me miran y sonríen. Cuando yo era soltero, tenía un abordaje temerario. “Piropeaba” a todo lo que se movía. Siento que he perdido la maña. Para eso existe el pasado: para revolcarse en él y evocar aquellos momentos de cazador que duraron hasta que a uno lo cazaron.
Un cantante afroamericano de voz ronca entona Downtown train, la canción de Tom Waits. No la canta como Tom, sino más bien, como lo haría Rod Stewart. La gente se ha dispuesto en semicírculo para escucharlo bajo un olmo americano:
-Will I see you tonight ⁄ on a downtown train ⁄ All my dreams ⁄ all my dreams fall like rain ⁄ On a downtown train.
El cantante cierra los ojos y aprieta el micrófono con dramatismo. Tomamos un atajo y bajamos unas escaleras de piedra. El olor a tierra húmeda me da placer. Los corredores y patinadores van y vienen. Las gotas de sudor ruedan, caen, estallan. Las endorfinas me dan alegría. Los dolores del cuerpo y las cicatrices del alma indican que estamos vivos.
Van treinta y cinco minutos. Mi frecuencia cardiaca se estabiliza. Avanzamos por un sendero con césped flanqueado de jardines. Diviso un puente bajo el cual, un saxofonista de lentes negros y sombrero toca su instrumento dorado. Se contorsiona y da la sensación que el sonido emanara de su pecho. Desembocamos en una laguna gigantesca. Eduardo y Pali están adelante. Acelero, braceo con fuerza.
-¿Cómo se llama esta laguna? -Pregunto a un corredor que viene en sentido contrario.
-Este es la reserva Jackeline Kennedy -me contesta. Levanto mi pulgar.
El panorama urbano de Manhattan se refleja en el agua. Los rascacielos modernos contrastan con los edificios antiguos. El Empire State Building se ve a lo lejos. Ya no están las torres gemelas. En su lugar construyen unas torres nuevas. Nueva York susurra:
“¿Quieren que nos paralicemos lamentando el pasado? ¡Fuck you! Ahora vamos a hacer algo más grandioso todavía”.
Una familia alimenta unos ornitorrincos que nadan cerca de la orilla. Bordeamos la laguna y cruzamos un jardín. Unos músicos soplan sus instrumentos de viento. ¡Un momento! ¡Esa música la conozco! Hacen una versión de El cóndor pasa. Siento que el mundo anida en mí. Y todos esos edificios que se levantan, todos esos puentes centenarios, y la belleza de estas calles parecen tener un mensaje: lo que ves erguido es una manifestación del poderío humano.
Corro hasta el lado de Eduardo. Hana Navratilova, su mamá, vivió y trabajó en Nueva York. Acá conoció a su marido Alvaro, el papá de Eduardo. Le pregunto:
-Hana conoció a “Jacky” Kennedy cuando vivió en Nueva York, ¿cierto?
-Sí, era cliente de mi mamá cuando trabajaba en el Keneth Institute.
-¿No conoció a JFK?
-No, porque en ese entonces ya lo habían asesinado. Pero según Jackeline, era un mujeriego invencible.
-¿Así como Milan Kundera, Hemingway o Henry Miller?
-O Diego Rivera o Salman Rushdie.
Hana me contó que Jacky se quedó sin plata y por eso se casó con Aristóteles Onassis.
-Debe haber sido una mujer muy seductora.
-Toda una mantis. -Sube las cejas.
El árbol con hojas rojas se aparece una y otra vez. Se yergue en cada cantero. Aún no sé su nombre. Tiene porte de guardián. Regala colorido y sombra. Cobija los nidos. Él y yo somos parte de este parque, donde la vida ocurre. Donde el mundo se despliega.
Ya vamos de vuelta. Mi camiseta está empapada. Mi respiración suena agitada. Pali y Eduardo corren demasiado rápido. Entramos por otro sendero. Una señora de setenta años parada al lado de un equipo de música practica el tap dancing. A ambos costados del sendero encontramos paisajistas y caricaturistas. Sus miradas yacen concentradas en sus lienzos, montados en atriles de madera.
-¿Qué les gusta de New York? -le pregunto a dos mujeres de unos cincuenta años que caminan tomadas de la mano.
-La diversidad, las posibilidades, el ánimo.
-Gracias. Soy de Argentina, de Deán Funes. I love New York -grito al pasar.
Ellas sonríen. Tal vez entiendan lo que me pasa. He estado aquí pocos días. Me parece haberlo visto todo. Todas las lenguas del mundo, todos los credos, los colores, los sonidos, las perspectivas, las avenidas existenciales, las grandezas, miserias, y demás posibilidades humanas.
Esta ciudad se parece a un amor que sacudió tu mundo y quebró tus parámetros. Un amor glorioso que explotó en tu pecho, se trasladó a tu mente, electrificó cada uno de tus músculos, y, al convulsionarte en un orgasmo, te llevó a depositar en ella todos tus anhelos, con la esperanza de que crecieran fuertes como rascacielos. Una vez que has estado en Nueva York, se queda dentro tuyo para siempre.
“If you love New York, New York will love you back “, dice un graffiti.






