Life is good

Fui mozo en un restaurante italiano de Key Biscayne. Era mi primer trabajo y me pagaban poco. Había entrado en guerra con el gerente, un mejicano marihuanómano y psicópata que también maltrataba al resto de los empleados. Servíamos las mesas de Stefano´s con Boris el croata y otros fugitivos de países destruidos. Yo era el único argentino. En junio de 2002 estrenaba mi estatus de inmigrante ilegal en suelo norteamericano.

El chef de Ecuador nos daba una mirada asesina cuando le pasábamos los pedidos. El Tiburón Salazar calmaba su ansiedad insultando. Insultaba a sus ayudantes, a los mozos, a él mismo, a sus parientes, a los comensales y hasta insultaba las criaturas marinas que sazonaba con maestría. La suma de aromas me producía hambre. El gerente nos prohibía conservar las sobras. Para no amargarme, cerraba los ojos cuando tiraba a la basura langostas enteras, trozos de pez espada, pulpo, atún, salmón y otros manjares.

Una noche me tocó servir a una pareja joven. Les llevé chardonnay del Valle de Napa, la entrada y el plato más caro del menú: “Terra e mare”. Entre las idas y venidas me contaron que se habían enamorado durante la producción de una película en Hollywood y celebraban su luna de miel. Se miraban con deseo, se acariciaban las manos, la plenitud se desbordaba en sus sonrisas, como si presagiaran un futuro pavimentado de logros. Aquella felicidad, tan ajena e intensa, representaba un espectáculo desmoralizante para mí, para Boris el croata y para los demás sirvientes escapados de países incendiados. De postre pidieron tiramisú y se me ocurrió una idea: tomé un pomo de salsa de chocolate y adorné los platos con la leyenda “Life is good”. Se deben haber conmovido porque me dejaron una propina de cien dólares. La recibí como un Premio Nobel.

Bajaron la intensidad de las luces. Comenzó a sonar la música. Durante el trasnoche, los clientes se renovaban. Llevé a las mesas vodka, whisky, tequila, cócteles. Los más borrachos se rehusaban a aceptar el final de la fiesta, como sucede en el resto del mundo. La madrugada me halló limpiando mesas y acomodando sillas. El olor a comida se mezclaba con el tufo a alcohol. Penetraba los manteles, las cortinas, el pelo y la ropa. Arrastraba mis pies de acá para allá. Los sentía hinchados como empanadas. Me pagaron por el día de trabajo y tuve otra idea…

Crucé a la playa, me senté bajo un cocotero, me quité los zapatos, las medias, los pantalones y la camisa. Jugué con mis pies en la arena fresca. Algunas gaviotas volaban rasantes. El horizonte fue cambiando de rosado a naranja. La salida del sol pintó un sendero plateado en el lomo del Atlántico. A Jesús, el primer surfista de la historia, le hubiera encantado caminar sobre el agua mansa. Supongo que el océano le pertenece a un banquero de Key Biscayne y a un inmigrante ilegal.

Salí corriendo en calzoncillos rumbo al mar. Avancé con largas zancadas sobre la escasa hondura sintiendo gotas saladas en mis labios. La brisa con perfume a yodo soplaba en mi rostro. Poseidón me alentaba y sus sirenas cantaban arrullos al compás del oleaje. Pisaba con determinación sintiendo la juventud en mi sangre. Lancé un alarido. No fue la sensación de libertad sino una punzada, como la cortadura de un vidrio. La planta del pie no sangraba aunque la intensidad del dolor escalaba. Volví sobre mis pasos con cuidado, buscando una señal en el agua cristalina. Hallé al erizo camuflado entre la arena. Por el tamaño de sus púas, debe haber sido un ejemplar adulto.

Llegué a la orilla dando pasos cortos. Me senté y pude ver tres manchas negras en la zona del arco, como piedritas que se hubieran pegado. Intenté agarrarlas con las uñas sin éxito. Presioné con los pulgares alrededor de ellas pero era imposible. Eran los extremos de las púas quebradas y enterradas hasta quién sabe dónde.  Me quedé quieto intentando aprender algo de aquel dolor. No supe qué hacer. No tenía seguro médico. ¡Los inmigrantes ilegales no podíamos darnos el lujo de enfermarnos! Maldije al majestuoso cielo de Miami.

Rengueé hasta mi Subaru viejo. Manejé por la calzada Rickenbaker presintiendo una nube negra en mi futuro. Apenas podía presionar el embrague con los dedos del pie. Me detuve en el peaje, conté mis pocos dólares de reservas. Necesitaba pagar el alquiler de un departamento pequeño localizado en el barrio de los negros y los latinos pegado a Coconut Grove. Para trabajar necesitaba quitarme las púas.

Llegué, me duché y lavé las heridas con jabón. Tomé dos pastillas de diclofenac. Apliqué hielo pero no había manera de detener la hinchazón. La temperatura del pie había aumentado. Las púas comenzaron a producir un líquido viscoso. Me quedé echado en la cama con la pierna sobre un almohadón. No almorcé. Por la tarde llamé a Lucas para contarle. Mi mejor amigo había venido de San Martín de los Andes. Diseñaba pabellones para las ferias de turismo (es un arquitecto muy talentoso). Propuso pedir permiso a su jefe para socorrerme. Me rehusé. Le mentí que tenía todo controlado. Llamé a Stefano´s para avisarle al gerente mejicano que no podría trabajar hasta que salieran las púas. Hizo silencio. Por unos segundos creí que ofrecería ayuda. Entonces me dijo que no vuelva.

No me afectó ser despedido. Me preocupaba el pie. Latía con fuerza y había aumentado de tamaño. Unas aureolas coloradas crecían alrededor de las púas. No me animaba a tocarlo. Llegó la noche y lo decidí. Me coloqué una zapatilla en el pie derecho y dejé el izquierdo descalzo. Fui saltando hasta el Subaru. Pregunté a unos vecinos por un sanatorio. Uno de ellos me explicó el camino hacia el Mercy Hospital. Manejé unas diez cuadras, bajé en el estacionamiento y fui dando saltos hasta el área de emergencias. Una recepcionista pelirroja y mal agestada me tomó los datos. Le expliqué que no tenía dinero, seguro médico o recibo de trabajo. Negó con la cabeza y me pidió que firmara un pagaré en blanco. Eso hice. Dijo que la deuda llegaría a mi domicilio.

—Es mejor esperar sentado por el turno en la sala de emergencias —aconsejó.

Escogí el último asiento de la hilera. Saqué un pañuelo del bolsillo y limpié las heridas. Inspiraba, contenía el aire y soltaba unos soplidos con la ilusión de controlar las punzadas. Enfrente mío, una mujer negra de unos treinta años ocupaba dos asientos. Un linyera caminaba sin parar alrededor de la sala y rascaba frenéticamente su cuerpo plagado de erupciones. Otro llegó a emergencias en una camilla. Su rostro bañado de sangre se deformaba con gestos de dolor. Le habían colocado cuello ortopédico. Su fémur se veía fracturado con trozos de jean mechados en la carne viva. Tardaron en acarrearlo de ahí.

Me cambié de asiento aunque la sensación de naufragio permanecía. Algunos apuntaban su mirada hacia la nada y se mostraban ajenos a todo, como vacas esperando el mazazo final. La luz fría de los tubos fluorescentes acrecentaba mi angustia. Pasaron dos, cuatro, cinco, seis horas. La Miseria nos rondaba envuelta en harapos ocultando su pronóstico. Cambiaba de rostro y vestimenta de acuerdo a los matices de la desolación humana. Habíamos quedado atrapados en los intestinos del sistema. ¡En el colon! Negros, pobres, latinos ilegales, ingenuos optimistas, viejos desahuciados y, seguramente, algún que otro poeta de esos que se llaman a sí mismos librepensadores. De repente tuve terror de la raza humana. ¡Y del american dream!

Pasaron siete, ocho, diez horas y el reloj siguió contando. Mi pie se había inflado como un globo. El pañuelo se había coloreado con sangre y pus. Los ojos me ardían y sentía sed. Una voz femenina pronunció mi apellido y el número de consultorio. El altoparlante repitió el mensaje. Habían pasado trece horas. Me puse de pie. Fui saltando hasta un basurero para tirar el pañuelo. Seguí por un pasillo angosto flanqueado de puertas. El doctor Adlerstein me hizo pasar y sentar en una camilla. Le conté la historia del erizo. Tomó el pie con un gesto de asco. Lo examinó con el ceño fruncido. Me hablaba en inglés y evitaba el contacto visual:

—Amigo, yo no soy podiatra. Tiene que conseguir una cita con el podiatra. Yo no puedo sacarle las púas. Esas púas deben salir urgente.

Le supliqué que las sacara de cualquier manera. Que necesitaba mis dos pies para buscar trabajo y pagar las cuentas. Casi se me quiebra la voz pidiendo que me diera una solución.

— Yo no quiero problemas, amigo. Las espinas del erizo de mar se desgranan como si fueran de barro —explicó—. Tienen veneno. Están muy metidas en su pie. Debe ver un podiatra porque está infectado y podría hacerse una gangrena. Le sugiero que sumerja el pie en agua caliente hasta entonces. Y no cubra las heridas.

Me froté los ojos. Apreté las mandíbulas.

—¿Qué significa que no quiere problemas? ¡Necesito ayuda! ¡Esperé toda la noche! Me han echado del trabajo y no tengo dinero. Soy mozo en un restaurante y los seguros médicos cuestan una fortuna. ¡Qué clase de doctor abandona a su paciente en este estado!

Abrió la puerta del consultorio, tendió su mano hacia fuera y me dijo:

—Lo siento, amigo, pero no puedo ayudarlo. Tengo otros pacientes.

Me bajé de la camilla, lo miré con odio y salí dando un portazo. El nudo de mi garganta bajó hasta el pecho. Salté hasta más allá de la salida. A pesar de las nubes, el día se mostraba luminoso. Mi plan era seguir saltando. Continué rumbo al estacionamiento. Salté y salté hasta que un calambre en la pierna derecha me derrumbó. Tuve suerte de caer en la vereda. Di unos quejidos, apoyé la espalda contra una pared y masajeé el muslo hasta que la molestia cedió. Tomé conciencia del olor ácido que emanaban mis axilas. Los peatones pasaban por mi lado sin prestar atención. Me habrán confundido con un loco que calzaba una zapatilla y se tiraba al suelo para conversar con los misteriosos habitantes de las baldosas.

Una llovizna empezó a mojar mi camiseta. Los automóviles avanzaban en ambas direcciones de la avenida. Mi pie izquierdo se inflaba con cada latido. Parecía tener un corazón aparte. Cualquier lugar quedaba lejos. El estacionamiento. El departamento. ¡Argentina! Llevaba casi dos días sin dormir. Sentía vacío el estómago, la boca seca y un gusto amargo por haber esperado en aquella morgue de muertos en vida para que el doctor Adlerstein diagnosticara mi insignificancia. Deseé que el día se terminara o que un meteorito acabase con Miami. Cualquier médico de mi pueblo hubiera sacado las púas.

No sabía qué hacer y empecé insultar en silencio a los Estados Unidos de América, a su bandera, a su presidente, al parlamento, a los malditos lobistas que abogan por las empresas billonarias de seguros médicos, a los ciudadanos que van a golpearse el pecho a los templos presbiterianos o luteranos o católicos o judíos mientras el resto del mundo se desmorona porque lleva incrustada una gigantesca púa de erizo construida con impuestos de las empresas que fabrican armas y jarabe de alta fructosa. Y ya que odiar me producía falso alivio, decidí dar rienda suelta a mi toxicidad espiritual. Entonces me cagué en cada uno de los habitantes de ese suelo, desde Alaska (deseé que el calentamiento global derritiera sus hogares hasta los cimientos), pasando por el norte y el centro del país con granjeros incestuosos y sus cuellos ardidos por el sol de los sembradíos, hasta el sur con sus mutantes republicanos que creen en el hombre inteligentemente diseñado por algún espectro que nos hizo una broma de mal gusto y guardan el disfraz del Ku Klux Klan planchado y votan a quienes ordenan bombardear países que ni saben pronunciar para conseguir combustible barato para sus camionetas y miran la televisión basura y consumen la electricidad del planeta. No me olvidé de aborrecer a los demócratas ateos, supuestamente progresistas, que se creen iluminados y endiosan la Ciencia con fanatismo blindado y hablan como si fueran ensayos vivientes y se creen cool porque leen a Noam Chomsky y toman prozac para quitarse la culpa de votar por adictos al sexo que ordenan saquear países débiles en nombre de las libertades civiles. Odié hacia todos los puntos cardinales, apretando las mandíbulas y tragando saliva, hasta llegar a México. El vislumbre de la tierra azteca me recordó al manager de Stefano´s y descargué en él (y en todos sus muertos) una andanada de terribles maldiciones armenias. Tuve un momento de confusión: pensé en desatar mi odio sobre el resto del continente pero desistí (¿qué sentido tenía eso?) y elegí canalizar el resentimiento restante hacia un lugar propicio. De modo que imaginé al Gran Cañón del Colorado convertido en una fosa común rellena con médicos (el doctor Adlerstein encima de todos) y recepcionistas frígidas y demás administrativos funcionales al sistema, impulsores de una epidemia de deudas por tratamientos que no curan y solo sirven para engordar el registro de morosos y convertir al inmigrante en carroña y servirlo en bandeja a los peores buitres sobre la faz del planeta: los abogados (a estos les deseé torturas medievales). Sentí que mi odio empezaba a disiparse y probé romper en llanto. Me agarré la cabeza con las manos. Lloré apretando los ojos como queriendo exprimirlos. La llovizna caía sobre mi espalda. De cuando en cuando, las lágrimas reventaban contra el piso. Pensé que esto también pasaría y pronto saldría el sol. Continué llorando con hiperventilación, echándome la culpa por haber viajado tan lejos a encontrar el olvido del hombre. Mi cuerpo pedía llanto, de modo que lloré hasta que alguien tocó mi hombro. Levanté la cabeza. Me limpié los mocos en la manga de una camiseta que llevaba en el pecho el logo de la salsa Tabasco. Un tipo de cabello canoso y bigotes, de unos sesenta años se había parado enfrente mío. Vestía uniforme verde de médico. Me habló amablemente con acento cubano:

—¿Qué tu haces, hijo? ¿Por qué lloras? ¿Qué tienes en ese pie?

Tomé aire. Me sequé los ojos con la camiseta. Le conté la historia del erizo, mis trece horas de espera a bordo del tren fantasma y el atroz encanto del doctor Adlerstein. Me pidió que me tranquilizara porque “hijo, no es el fin del mundo”. La mirada detrás de sus lentes transmitía calidez. Dijo que trabajaba en el Mercy Hospital. Y que podía ayudarme porque era doctor. Me ofreció su mano para levantarme.

—Le advierto que no tengo un peso.

—Lo que menos me preocupa es tu dinero. Ese pie se puede complicar. No hay tiempo que perder.

—¿Usted es podiatra?

—Yo voy a quitarte esas púas. Vamos a volver por ese sendero hasta mi consultorio. Apóyate en mi hombro.

—¿En serio?

Me levanté con algo más de ánimo. La llovizna tropical se detuvo. Me apoyé en el hombro del médico y fui saltando hasta atravesar una puerta que llevaba un cartel plateado: “Lázaro Lima, M.D. Surgeon”. Los diplomas sobre la pared acreditaban que era cirujano cardiovascular. Había adornado un escritorio con fotos de niños y jóvenes. Podrían ser sus hijos y nietos. En otro retrato se abrazaba a una mujer rubia. Me hizo acostar sobre una camilla. Mientras yo evaluaba la situación, preparó una bandeja con una jeringa y gasas empapadas en yodo. Sacó guantes de látex de una caja, se los colocó y me limpió el pie con cuidado. Preparó la anestesia. Levantó la jeringa. Empujó el émbolo hasta que un par de gotas de anestesia se desbordaron por el extremo de la aguja. Se ubicó enfrente del pie.

—Gracias doctor por lo que está haciendo.

—Aún no hice nada. Intenta relajarte.

—Respira hondo, hijo.

Eso hice. La aguja se hundió en la carne y contraje la pierna. Di un grito que debe haberse escuchado afuera. No podía especificar qué parte del pie me dolía. El doctor dejó la jeringa en la bandeja. Esperó un par de minutos y me preguntó el nombre, cuándo había llegado a Miami y dónde trabajaba. Me alcanzó un vaso de agua de un expendedor. Lo tumbé en mi garganta, le agradecí. Se me ocurrió preguntarle algo:

—¿Usted nació en Cuba?

Con la punta del dedo tocó la planta para comprobar si la inyección había hecho efecto. Volví a contraer la pierna.

—¿Te duele mucho?

—Me duele igual que antes.

—Nací en Cuba. Mi familia es de la provincia de Cienfuegos, adonde yo era cirujano. Llegué a Miami a los treinta años, en junio del año ochenta.

Fue hasta su escritorio, tomó el teléfono y pidió que envíen dos enfermeros. Me explicó que la infección había bloqueado la anestesia. Llegaron más rápido de lo que pensé. Les pidió que se ubicaran a uno y otro lado de la camilla para sujetar mis tobillos. Eso hicieron.

—Vas a tener que confiar en mí —dijo el doctor —. Intenta no moverte así puedo trabajar.

Mi corazón bombeaba con fuerza. Los instrumentos producían un ruido metálico cuando los acomodaba sobre la bandeja. Yo quería colaborar aunque no sabía cómo. Mordí la manga de mi camiseta. Los enfermeros apresaban mis tibias y me daban la espalda (he olvidado sus rostros, recuerdo la tela azul de sus uniformes). El cirujano se ubicó a mis pies. Cerré los ojos, apreté los dientes. Me encomendé al cosmos. Empuñó el escalpelo y lo hundió. Grité con todo el poder de mis pulmones. Tomó una gasa yodada con la pinza, limpió la herida y la desechó. Las gotas de sudor caían por mi rostro. Había rasgado la camiseta con los dientes. Repitió la operación. Les hizo una señal y los enfermeros volvieron a sujetarme. Escarbó en la herida con la pinza. Retiró la púa. Escuché el tintineo cuando la soltó en la bandeja.

—Ya sacamos la más grande.

—No puedo más.

—Sí que puedes.

Cerré los ojos. Esa vez sentí el escalpelo en la rodilla. Grité más fuerte. Deseé poder desmayarme. Temblaba y me tomaba la cara con las manos. Quitó la segunda púa. Limpió la herida con la gasa. El sudor caía sobre la camilla. Quitó la última. Se acercó hasta la cabecera y me mostró la bandeja. Me sorprendí por lo enorme de las púas. Me dio una palmada en el hombro. Se rió y bromeó:

—Pensé que los argentinos eran más duros. En un par de días vas a poder pisar como si nada.

Hubiera querido contestarle con humor cordobés pero la adrenalina había anulado mi capacidad de ironizar. En vez de eso, lo agarré del brazo. Lo miré para decirle algo significativo en señal de agradecimiento. Tampoco me salían las palabras. Supongo que me entendía porque sonrió. Agradeció a los enfermeros, los saludó y se fueron.

—Yo también sé lo que es estar lejos de casa.—Se untó ungüento en el dedo índice— ¿Escuchaste hablar del puerto de Mariel?

Negué con la cabeza. Embadurnó la planta del pie (el ungüento olía horrible). El dolor había disminuido a pesar de las heridas. El doctor Lima contó que su papá había sido aviador y fue perseguido y encarcelado por el régimen castrista.

—En el año ochenta Fidel dejó salir de Cuba a más de ciento veinte mil personas del puerto de Mariel. Viajé con otros setecientos cubanos en un barco pesquero. Se llamaba Red Diamond. Tenía el casco pintado de rojo. Hay días en que pienso en los que quedaron allá y me entra la nostalgia. Quisiera volver pero no se puede.

Pegó unas gasas con una cinta de papel. Sugirió que me las quitara para dormir y mantuviera el pie limpio. Buscó antibióticos en un estante. Los puso en una bolsa junto con el ungüento. Fue hasta su escritorio, escribió indicaciones en un papel y me lo entregó. Lo guardé en el bolsillo sin leerlo. No necesité agradecerle por su generosidad. Supuse que la vida lo haría por mí. Nos despedimos con un apretón fuerte de manos y salí saltando de su consultorio. Presentí que no nos volveríamos a ver…

Afuera, los enfermos erraban por los laberintos golpeando puertas, buscando respuestas, dejando jirones de cordura. Tarde o temprano serían digeridos por el sistema. De cuando en cuando, alguien se elevaría, impulsado por un golpe de suerte, para escaparse de las fauces del Minotauro. Todos (hasta el doctor Lázaro Lima) éramos los ausentes de las postales de Miami, que cubren con un orgiástico artificio de aguas azuladas, lo que yace debajo de la existencia: un campo minado de erizos imposibles de predecir. Al llegar al departamento, saqué del bolsillo las indicaciones y leí lo siguiente:

“Toma una pastilla cada ocho horas durante tres días. Aplica el ungüento cada tanto. Te dolerá y cicatrizará, así como cuando uno se va de su país. Si amas, la vida es buena. No te olvides. Lázaro Lima”

Aún conservo la receta.

Erizo_Diadema

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Los afros de San Félix

Manoteo el celular a las siete de la mañana. Es domingo en Frías, Santiago del Estero, capital de la postergación y el calentamiento global. La alarma suelta chillidos. Soñaba algo… La vigilia ha velado mi sueño. Con la Historia ocurre igual: el paso del tiempo la deforma.

Me coloco una camiseta que lleva estampado el rostro del jazzista afro Miles Davis. Me aseo, bebo agua, llamo un remís y salgo del Hotel Biarritz. El cielo garantiza uno de esos calores de noviembre. Algunos cachilos pasan rasantes, sueltan trinos débiles. Subo a un Volkswagen destartalado, salimos por la avenida echando humo. Debo estar en la casa de Julio Alderete a las 7:30 para viajar a un encuentro de música en las entrañas de Santiago del Estero. Hoy se festeja el día de los afrodescendientes. Estrenaremos una chacarera alusiva. La escribí después que Julio contara lo sucedido en San Félix, tierra de sus abuelos. En una guitarreada, mostró una foto de su tío y explicó: “Era el afrodescendiente más puro, del linaje más auténtico y directo de los negros originales de Santiago del Estero. Murió hace poco“.

Encomendé la música de la “chacarera negra“ a una de mis guitarristas favoritas: Celeste Peralta. La letra llegó al líder espiritual de la comunidad de San Félix. Eleuterio Melián le pidió a su compadre Julio Alderete que nos llevara para presentarla enfrente del pueblo. De modo que allá vamos. Pablo Castillo la cantará, acompañado por la primera guitarra de Celeste. Kike Oyola ejecutará el bombo y Analía Díaz el cajón.

Bajo del remís. La familia Alderete matea en la vereda. La combi está lista para partir. La mañana crece. Saludo a Eli, la esposa de Julio, y a sus hijos y nietos. Pregunto por los demás. Apoyo mi cuerpo en la casilla de gas.

—No han llegado —dice mirando el reloj—, estoy preocupada porque tenemos que estar al mediodía y son unos trescientos veinte kilómetros.

—¿Trescientos veinte kilómetros? —Miro la combi, me imagino embutido en el asiento por cuatro horas con el sol en la cara. —¿Y Julio?

—Se fue a ver si puede despertarla a la Analía.

—¿Y Pablo Castillo?

Niega con la cabeza. Todos han trasnochado. Sobre todo, me preocupa Kike Oyola. Además de aborrecer la autoridad, tiene tendencia a la autodestrucción y padece una imposibilidad para contraer el sueño. Tomo mi celular y lo llamo. Me atiende con una voz rasposa.

—Kikón, ya estamos en lo de Julio, venite.

—Que me vengan a buscar. Me lo merezco.

Habla de modo extraño. No ha dormido.

—¿Qué te vayan a buscar?

—Que vengan porque yo soy el dios de la chacarera, Bechardo.

—¿Dónde estás? Pasaste de largo. ¿Estás bien?

—Estoy en guerra con los dioses urbanos —Hace un silencio—. Acá Chespy Pieroni es el dios del blues. Pero con él me llevo bien.

—Chespy Pieroni no duerme hace seis meses. Se va a quedar despierto para siempre. Mandale un abrazo.

Le manda.

—En serio hay que salir, Kike. Es largo el viaje. ¿Dónde estás?

—En la confitería de la terminal.

—Venite.

—Primero tengo que alimentarme —le habla al mozo. Regresa a la conversación—. Tengo que alimentarme con este lomito. Ser un dios es difícil y da hambre, ¿o no Chespy?

Escucho risas en el bar.

—Ya te mando un auto.

Corto. Llamo a otro remís y le indico a la operadora que hay que buscar a Kike Oyola del bar de la terminal de ómnibus. Pone al teléfono a un remisero. Me pregunta cómo es. Le explico que tiene el cabello largo y barba desprolija. Aparenta treinta años. Debe tener gafas oscuras. A esta hora odia el sol. A cualquier hora odia el sol. Y está muy trasnochado. Kike es la única estrella de rock del folclore. Omito describir a Chespy Pieroni, el nuevo dios del blues. Le doy la dirección.

—Ok, lo encuentro y lo llevo.

En un Ford negro, llegan Mónica, Erica y Celeste Peralta. Bebemos unos mates ricos. Kike Oyola sale de adentro de un remís con dificultad. Nos saluda a todos. Hace un par de bromas. Se detiene enfrente de su novia, Erica. Practica una especie de danza con el objetivo de seducirla. Su compañera lo ignora aunque no puede disimular que lo adora.

Llega Julio Alderete en motoneta con la percusionista aferrada a él. Nos saludamos con un abrazo. Acomodamos el cajón, el bombo y una guitarra. Me siento en la hilera del conductor. A mi lado viaja Mónica. Atrás, el resto del grupo. Buscamos a Pablo Castillo por su casa. Sale con la guitarra terciada en la espalda. Luce en buen estado a pesar de su profunda devoción por la bohemia.

Salimos de Frías por la ruta a Choya. A la derecha, se divisa el horno abandonado de una fábrica de cemento. El viaje será largo. El sol de las 8:30 me da en el brazo derecho. La mayoría de los tripulantes se duerme. El humorista Pochi Chávez canta en la radio: “Pago querido / como te extraño / porque tu siesta / en ningún lado /se puede igualar // Dormir la siesta / en mi Santiago / es muy sagrado / muy respetado / si no me dejan / dormir la siesta / me puedo enfermar“.

La ruta es bastante angosta. Los postes del tendido eléctrico decrecen hasta desaparecer. El sueño me golpea. Mi mamá es de Frías, yo sé dormir. Puedo acomodar en cualquier lado mis ciento diez kilogramos, ciento noventa centímetros de carne y hueso habitados por una altísima tensión arterial, sangre con triglicéridos casi efervescentes producto de malos hábitos y una serie de arrepentimientos y asuntos pendientes. Supongo que no tengo intenciones de morirme sano, pienso, mientras tres caranchos picotean las tripas de un perro atropellado. La combi pasa, interrumpe su festín. El ronroneo del motor es una canción de cuna. Cierro los ojos en Choya.

El sol del Este echa su furia sobre mi rostro, me despierto en Sinshi Caña. Diviso un cementerio con tres lápidas. Pasamos por Santa Catalina. El paisaje exhibe un carrusel de imágenes: aves errantes, algarrobos, quebrachos, tuscas, mistoles, algún jacarandá, flores silvestres, postes enfilados hacia el infinito, cabras que se cruzan y algunas bolsas que sirven de almacenaje para los granos.

En una rotonda tomamos el camino a Santiago capital. Las otras salidas van a Catamarca y Termas de Río Hondo. Vuelvo a dormir y me despierto con una discusión política. Julio, su esposa y sus hijas toman una posición enfrentada a la de Pablo Castillo. El dios de la chacarera y los demás duermen. Siento deseos de expresar mi escepticismo sobre todas las opciones. Thomas Hobbes explicó que el Estado era el mal menor. La anarquía y guerra civil son peores. Para graficarlo, utilizó dos bestias bíblicas: Leviatán y Behemot.

Los que somos entusiastas de la música, literatura o cualquier rama del arte, peleamos en soledad. A veces, nos toca hacer política armados con nuestros sueños de tinta, madera, cuerdas y voz. No hay redes de contención aunque tampoco límites.

Una paloma se estrella contra el paragolpes de la combi. Transitamos la ruta 64. Sobre un neumático de tractor han pintado de blanco, con caligrafía errática: Bienvenidos a San José de Rubio. Los ranchos de adobe cubiertos con techos de paja parecen postales. Una chancha inmensa bebe en el piletón de cemento cerca de Remes, San Benito y Laprida, adonde un sendero de tierra zigzaguea hacia el monte. Las telas rojas en el algarrobo indican la gruta del Gauchito Gil. Las torres de alta tensión parecen robots desfilando en la llanura. Abren sus brazos, listos para desatar su venganza sobre la raza humana. No los culpo…

El verde de los tunales adornado con flores rojas atrae mi vista. Los colores complementarios transmiten una sensación de armonía. La música tiene principios equivalentes. Todo obedece a leyes aunque no estén escritas. Incluso el azar. Me duermo. Me despierto en la avenida que entra a Santiago Capital.

—¿Alguien quiere ishpar? —Julio utiliza el vocablo quichua para averiguar si queremos mear—. Bajamos en la próxima estación de servicio, por favor, señor chofer.

Ishpamos y seguimos viaje. Compartimos cerveza helada y tres docenas de empanadas criollas. Tomamos la ruta 34 hacia Pozo Hondo. Más adelante se bifurca hacia Clodomira y Beltrán. Pasamos Paraje de Señora, Pujio, Antaje el Aibe, Aurora, Las Delicias. Un canal de riego cruza la ruta cerca de Huaymampa y Abra Grande. Julio le indica al chofer que ingrese en Bobadal.

—Queremos pasar a ver a mi Tía Pepa.

—¿La tía Pepa? —Me intereso.

—Becha, la Tía Pepa sabe mucho de los afros de San Félix. Tiene alrededor de cien años.

Zigzagueamos por las calles del pueblo, estacionamos en una casa pegada a un taller mecánico. Bajamos casi todos. Julio y su esposa se acercan a una anciana sentada bajo la sombra de dos paraísos frondosos en un patio de tierra. Arruga los ojos para descifrar la identidad de sus visitantes.

—Tía Pepa. Soy Julio.

—¡Julio! ¡Mijo!

Se saludan con ganas. Una nieta vestida con falda y musculosa nos alcanza una botella de agua. Debe rondar los veinticinco años. El pelo negro y sedoso cae por sus hombros descubiertos y llega hasta la cintura. Me detengo en su sonrisa de labios rojos y dientes perfectos. El agua helada también me da placer. La tía Pepa ha pasado a un segundo plano hasta que Julio le habla con voz fuerte:

—Mi amigo es escritor, tía. Cuentele de los negros.

La Tía Pepa se ríe. Tose. Se ríe otra vez.

—A los afros les gustaba la fiesta, mijo. La bebida, la comida y la música. ¡Y eran mujeriegos! —agita la mano en el aire y estira de manera alevosa palabra mujeriegos.—Eso sí…No les gustaba el trabajo.

La tía Pepa no sabe que la mayoría de mis amigos y yo debemos ser afros. La despedimos con un beso. Volvemos a la combi con dos botellas de agua. Kike Oyola se ha despertado, conversa con Pablo. Luce cansado, molesto con la sensación térmica sofocante. La botella llega hasta sus manos. La empina y da unos tragos larguísimos. Analía se la pide, bebe con ganas. El resto duerme. Salimos por las calles de Bobadal. Una carreta avanza vendiendo víveres. El burro lleva un megáfono atado al cuello. Una mujer sostiene las riendas. A su lado viene sentada una niña, debe ser su hijita. Han acomodado rollos de papel higiénico, frutas, verduras, huevo, harina y azúcar. La siguen dos perros negros.

Avanzamos por un sendero de tierra seca hacia el medio del monte. El chofer advierte que ya no veremos asfalto. Las vacas buscan el pasto y comen lo que pueden de los arbustos. Sus caderas sobresalen del cuero como piedras puntiagudas. Un rancho de adobe y techo de paja con puertas pintadas de violeta muestra un letrero: Asamblea Cristiana. Mi brazo se ha dorado con el sol.

Unos kilómetros más tarde, sobre la derecha, yace un predio adonde puede haber unas quinientas personas. Una lona pintada indica: Comunidad afrodescendiente de San Félix. El chofer estaciona. Nos recibe Eleuterio Melian. Nos da la bienvenida con un abrazo. Muestra una calidez especial hacia Julio y su familia.

—Todavía falta mucha gente por venir.—Explica—. Están jugando un torneo de fútbol. El premio para el campeón es una vaca y para el segundo un ternero —señala los animales atados a un quebracho.

La gente se agrupa en las mesas. Dos cabritos desollados cuelgan de la rama de un algarrobo. En los puestos venden bebidas, choripanes, achilata, helados, manzanas acarameladas, estampitas de personajes católicos y gaseosas. El predio está empapelado con afiches de un candidato presidencial. El escenario es un montículo de tierra contenido por tablas. Nos guían hasta un rancho para guarecernos del sol. Nos sentamos junto a un cardo alto rodeado de mistoles, garabatos y algarrobos negros. Sirven gaseosa, cerveza, asado, empanadas, choripanes. Mi remera está empapada de sudor. Almorzamos en medio de bromas.

El presentador abre el festival. Invita al escenario a una escuela de Capoeira. El líder del grupo toca el berimbau y otro el pandeiro. “Joga bonito que eu quero aprender / Joga bonito que eu quero ver“, cantan todos a coro. Llega el turno de Pilli Herrera, interpreta chacareras. Sube una mujer afrocubana de unos cuarenta años. Mueve su cuerpo con gracia, agita sus rastas. Su vestido largo insinúa sus curvas. Emana un acento sexy. Interpreta algunos temas que se hicieron famosos por Buenavista Social Club, la película de Ry Cooder. Llega el turno de unos senegaleses. Ejecutan ritmos con sus tambores y bailan. Cómo quisiera poder coordinar mi cuerpo así. En un español primitivo, el percusionista explica que los tambores tenían la función que hoy tiene Whatsapp. Ríen una risa blanca, pacífica y contagiosa.

El presentador anuncia a mis amigos. Suben al escenario. Pablo Castillo ecualiza su guitarra. Celeste Peralta afina la suya. Kike Oyola prueba el bombo. Analía Díaz golpea el cajón hasta que suena equilibrado. Abren el concierto con unas chacareras que levantan al público de sus sillas. Eleuterio Melián sube al escenario, se acerca al micrófono. Manifiesta orgullo por pertenecer a San Félix. Explica: “estamos a punto de escuchar una canción que homenajea a los habitantes de esta comunidad“. Pide un aplauso para la “chacarera de los negros“. Le cambió el título pero no me importa. Tengo una sensación de agradecimiento en todo el cuerpo. Apunto mi celular hacia el escenario para registrar el momento. Pablo presenta la obra, nombra a los autores. Mi corazón late fuerte. Celeste insinúa el clima con unos acordes. La chacarera se desata:

“Escuché que por San Félix
En los pagos de Alderete
Un dolor se hizo repique
para aflojar los grilletes“

Los esclavos fueron traficados desde la isla de Cabo Verde por los portugueses. Hay quienes aseguran que a mediados del siglo XIX, más del cincuenta por ciento de la población santiagueña tenía sangre negra. Una pareja de esclavos liberados se refugió en San Félix. Hoy, todos los habitantes de esa zona son sus descendientes. Imaginen a Adán y Eva caminando de la mano en medio de los bobadales en enero. Una versión infernal del paraíso:

“Fue una chispa entre las sombras
Un bramido en los guadales
Luz de Guinea y Angola
Se hizo golpe, se hizo parche“

La música se desparrama por el predio. Celeste eligió una base que evoca la africanidad. Los golpes graves del bombo y el cajón chocan mi cuerpo. Los músicos senegaleses, atrás del escenario, comienzan a hacer palmas al ritmo de la chacarera. Me pregunto si entienden la letra:

“Africano grito nuestro
Sobreviviente y negado
Te han borrado de los libros
Pero has vuelto en el malambo“

Sesenta millones de africanos esclavizados embarcaron desde Cabo Verde. Quince millones llegaron a América. Cuarenta y cinco millones yacen en el fondo del océano. Los sobrevivientes encontraron algo apenas mejor que la muerte. Pablo canta el estribillo suena con fuerza:

“En Santiago hay una historia
Que muchos han olvidado
Negra chacarera vuela
Recordando a tus hermanos“

Una voz en el fondo del océano emergió en América. La atravesó como una herida de Norte a Sur. Preñó al continente con su latido seis por ocho y surcó los montes de Santiago del Estero para hacerse chacarera. Nuestra semilla quizá germine en alguien y florezca en la boca del pueblo aunque el destino del canto es incierto.

“Sangre que fecunda siglos
Samba, mulata y sufrida
Liberada huella antigua
De tambores y de risas

En los campos o en las minas
En las casas señoriales
Pusieron precio a tus días
A tus huesos y a tu carne“

Kike Oyola golpea el bombo con certeza. Analía palmea el cajón con sus ojos cerrados. Dos claves mezcladas: africana y española. La melodía es una trenza de memoria, alegrías y pesares. El golpe a tierra obedece al corazón. Celeste complementa el ritmo con sus arreglos:

“Flor nacida en cautiverio
tan lejana magia negra
reina de una tierra seca
corazón de chacarera“

Los habitantes argentinos de raza negra murieron en las guerras de independencia, en la de Paraguay, en las epidemias de cólera y fiebre amarilla. También por la explotación. En el siglo XXI la esclavitud se ha legalizado. Los grilletes de metal se volvieron inalámbricos. Ayer ocurrió en Bahía. Hoy, la humanidad es devaluada en Medio Oriente y en otros lados. Muchas veces, el arte es romper silencios en medio de la angustia selectiva:

“En Santiago hay una historia
Que muchos han olvidado
negra chacarera vuela
Recordando a tus hermanos“

Para escuchar la chacarera negra, haga click aquí

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Mi amigo Julio Alderete, embajador de San Félix en el mundo.

 

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La poetisa rabdomante, el profeta hede y el niño perdido en la Patria del viento

I

Mamá despreció la vida en sus diez últimos años. Bebía litros de vino en cajas de cartón y tragaba antidepresivos para aplacar su tristeza. Rechazaba de manera rotunda cualquier intromisión, refugiada en la penumbra de su cuarto. La indiferencia inmovilizó sus expresiones y, al final, su suicidio no fue ni elegante ni rápido.

Cuando murió me hundí en la oscuridad. Pasaba horas en mi habitación con la mirada clavada en el techo. No atendí el teléfono, no contesté los emails, dejé de asearme y le tomé fobia a los espacios abiertos. “Lo bueno de tocar fondo es que no podés llegar más abajo”, me mentí. Enrollaba cigarros de marihuana y lo fumaba con la esperanza de cicatrizar mis heridas.

Un día busqué entre sus pertenencias aquel maletín rígido, cerrado con una combinación numérica. Probé con diferentes códigos. No abrió y lo destruí a martillazos. Encontré un camafeo de ágata con el relieve de una mujer de perfil (lo llevo colgado del cuello), y algunas fotos. Entre ellas, una de su fiesta de graduación de la secundaria con un largo vestido rosado y, en sus manos, un ramo de rosas. Otra la mostraba niña con mi abuelo, montados en un caballo tobiano. Había otras de algunos viajes, y algunas más en las que aparecía yo.

Bajo las fotos, en un compartimiento escondido, encontré un cuaderno. Allí revelaba el motivo de su dolor y su deseo de acabar con su vida. Su testimonio produjo una fisura en mi manera de comprender el mundo. Me cambió para siempre. Lo leí varias veces y me tragué la angustia en medio de lágrimas de dolor. Entendí su decisión y me maldije por no haber podido detenerla.

Me enrosqué en un espiral de odio. Me levantaba en medio de la noche y apretaba los dientes. Maldecía la memoria de papá. Miraba en el espejo sus ojos y me despreciaba al saberme tan parecido. Quise vaciar su sangre de mis venas.

II

La ciudad dormía la siesta. Los jardines reverdecían con la calidez de septiembre. Las palomas aleteaban rumbo a las palmeras y yo, sentado en un banco de la plaza Sarmiento de Deán Funes, leía los Versos Satánicos de Salman Rushdie. Había sacado el libro de mi trabajo (soy empleado de la biblioteca). Gibreel Farishta y Saladin Chamcha caían de un avión partido al medio y atravesaban las nubes camino al abismo, en medio de butacas, carritos de bebidas, máscaras de oxígeno, azafatas, pilotos y otros cuerpos.

Sentí que me miraban. Levanté los ojos y vi una rubia de unos veintitantos años. Estaba frente a mí. Bajé el libro. Me miró de arriba abajo. Me pregunté de dónde habría salido. Se me acercó. Sacó de su bolsillo una bola de cristal sujeta a una cadena dorada. La tomó con su mano izquierda y extendió su brazo. Sus manos eran blancas, con dedos alargados y uñas pintadas de negro. La bola quedó colgando. Cerré la novela con el señalador en la página quince (nunca más la volví a abrir).

– ¿Qué hacés? -le pregunté.

-Busco un niño perdido.

-¿Qué es esa bola? ¿Es como magia o algo así?

Negó con la cabeza.

-Suelo encontrar agua y personas perdidas con mi péndulo.

Tres perros jugueteaban en el piso de laja. Se detuvieron, olieron un palo de borracho y lo mearon uno a uno. El cristal comenzó a girar. Las ramas de las palmeras se sacudían, pero yo sabía que el viento era incapaz de generar aquel movimiento.

-La señal es fuerte.

Abrió sus ojos azules, adornados por pestañas negras.

-¿Siempre encontrás lo que buscás? -pregunté-. ¿Cómo sabe tu péndulo lo que estás buscando?

-Intento dibujar en mi mente su imagen. Es como un rompecabezas… -contestó- …estoy segura que está cerca.

-¿Cerca… cerca dónde? -levanté mis cejas.

-En algún lugar de la Patria del viento.

El péndulo giró con fuerza por unos segundos y se detuvo. Ella suspiró y esbozó una sonrisa de labios gruesos. Repasé sus dientes blancos y alineados. Yo podría besar esa boca, pensé.

-¿Me puedo sentar a tu lado? -preguntó.

Asentí y me desplacé a un costado para darle lugar en el banco de piedra. Guardó la bola en su bolsillo y se sentó.

-Me llamo Eilinora O´Keefe.

-Yo soy Toribio Gómez -me presenté-. Nací seismesino, entonces mi mamá le hizo una promesa a Santo Toribio de Mogrovejo. Vos sabés… la gente promete cosas.

Me contó que había aprendido el oficio de su papá: un masón de la logia de los rabdomantes irlandeses. Una elite de nómades expertos en las estrellas, las rocas, el agua y el fuego. Su adiestramiento había durado diecinueve años (ese es el tiempo que tarda la luna en marchar con el ciclo solar), y se había especializado en hierbas curativas, poesía y radiestesia.

-¿En qué trabajás? -curioseó.

-Soy bibliotecario -contesté-. Es un trabajo fácil aunque un poco solitario. Puedo leer todo lo que quiera sin que nadie me interrumpa. Y tomo mates, muchos mates.

Le conté que iba a leer en aquel banco de la plaza casi todos los días. No tenía ganas de quedarme en mi casa solo, respirando aquel perfume a pasado. Le dije que desde la muerte de mamá, mi vida se había enrarecido.

-Desde hace un tiempo amanezco con los oídos tapados y dolor aquí- toqué mi esternón-. No es un dolor fuerte, pero es constante. Debo estar somatizando. Vos sabés… a veces la mente te juega una mala pasada.

-¿Has pensado en salir de aquí? Las cosas suelen ser diferentes en otros lugares.

Reconocí que comenzar una vida nueva en otro lugar era una gran idea. Imaginé que sería óptimo vivir en una ciudad pequeña, con mar, donde mis asuntos pendientes no me encontraran con facilidad, y mis zonas erróneas pudieran ser enjuagadas por la marea alta.

-El problema no son los lugares, soy yo. Cargo un lastre pesado -abrí mis palmas-. Tampoco sabría adónde ir.

Algunos autos circulaban alrededor de la plaza. Parecían no tener intenciones de llegar a ningún lado. Las nubes taparon al sol por unos minutos. Poco después, el cielo se abrió. Mostró un fondo azul y se iluminaron las baldosas.

-¿De dónde sos? -pregunté.

-Vengo de un lugar lejano. -Perdió la mirada en el vacío-. En aquel lugar soñé…, mis sueños no regresarán allí.

“Mis sueños no regresarán allí”, repetí en mi mente. Al evocar aquel lugar su voz se animó. Sonreía y me hablaba del aroma a leño en los inviernos, de mañanas de sol que entibiaban la superficie del océano. De puertos con barcos repletos de marineros embriagados de nostalgia.

-El viento de Deán Funes me es familiar -manifestó-. Mi viento también se arremolina. Es esquivo y pasional: capaz de soplar pesadillas en tus oídos o arrullarte en las noches estrelladas.

-¿A dónde tenés que ir a buscarlo?

-En aquella dirección -señaló hacia las sierras – ¿Me acompañás?

-¿Por qué no? Además, no tengo otra cosa que hacer -levanté mis hombros.

Metí el libro de Rushdie en el morral, me lo colgué y nos levantamos del banco. Caminamos uno al lado del otro. Pasamos por la terminal de ómnibus, la plaza San Martín y seguimos por el Mural del Viento, a través de la avenida que sale de la ciudad. Ella avanzaba con determinación. Yo no tenía idea del rumbo, pero tampoco me importaba. Saludaba a algunos transeúntes, Eilinora se mantenía indiferente, con sus ojos puestos en el camino. Parecía una mujer determinada, eso me gustaba. Llegamos a la ruta y nos detuvimos. Aguzó su mirada hacia el norte y sacó el péndulo. Lo extendió y cerró los ojos. Inspiró hondo. La bola comenzó a girar despacio, luego lo hizo con tanta fuerza que sentí que el cristal se desprendería de la cadena y nos golpearía la cara. La corriente de aire agitaba su cabello largo y desordenaba el vuelo de unas pocas golondrinas. Las montañas se veían a lo lejos. Detuvo el péndulo y lo guardó.

-Es por allá -señaló la entrada a un sendero.

Pasamos por una escuela al costado del camino a San Vicente. Dijo que en sus sueños aquel niño pedía ayuda desde el interior de una montaña.

-Aún escucho el eco de su voz contra las piedras -señaló su oído-. A veces se me revelan unos pocos datos. Algunos son simbólicos. En estos casos, la búsqueda puede durar más tiempo.

-¿Hace mucho que lo estás buscando?

-Más o menos -respondió.

El camino de tierra estaba agrietado, cercado por unos cuantos piquillines. Sus hojas tiritaban prendidas a las ramas espinosas. La brisa me acercaba el perfume de Eilinora. Debía tener la piel suave. Era tan blanca que el sol había coloreado pecas en sus pómulos. Me pregunté si tendría más pecas en su espalda y en los pechos ocultos bajo su blusa. Imaginé sus piernas desnudas. Sentí deseos de abrazarla. El llano se desplegaba hasta la base de las sierras en tonos verdes y amarillos. Dos algarrobos se erguían en medio del monte.

-Los árboles son generosos. ¿No te parece? -aventuré.

-Tanto como los humanos tenemos de egoístas.

Nuestra respiración se agitó durante la subida. Ella se detuvo. Nubes oscuras flotaban sobre las sierras. El resto del cielo se mostraba limpio, aunque perdía brillo con cada minuto que pasaba. Se acercaba el fin de la tarde. Sacó el péndulo. Estiró el brazo y cerró los ojos. Inspiró el aire cálido. La concentración tensaba sus facciones. Imaginé que si el niño estaba cerca, ella podría escucharlo o conectarse con su desesperación. La bola giró y se detuvo. Eilinora frotó sus ojos con los puños. Buscar personas perdidas debe quitarle la energía, pensé.

El sol fue cayendo y brilló esa tenue claridad que colorea el horizonte. Respiramos el aroma a peperina y yerba buena y nos deleitamos con el silencio. Me tomó de la mano y me guió hacia una capilla abandonada a los pies de una montaña. Pasamos frente a un cementerio pequeño donde la maleza había sobrepasado las cruces de cemento e invadido las lápidas dispuestas en el suelo. En un lugar como aquel, la muerte es redundante. Pensé en mamá y me detuve.

-¿Por qué te frenás?

-Cuando las personas dejan este mundo se transforman en ausencia. Luego, el silencio comienza su tarea y desfigura los recuerdos. Es como verter un constante hilo de agua sobre un papel.

Eilinora me abrazó. Sentí los latidos de su corazón.

-Sé que te duele, pero nunca le ganaremos a la muerte ni al olvido.

-¿Y si nada de esto fuera una opción? -La miré-. Vos sabés… acá estamos con este rostro, en este tiempo y en este camino que acaba en la base de una montaña, en esta capilla abandonada. Nada de esto fue idea nuestra.

-Muchas veces, nuestro mundo decide cosas por nosotros. Vamos montados en un péndulo que se contorsiona entre crepúsculos y gira rumbo al vacío sideral.

-¿Esa es su manera de manifestar su existencia: arrojándose al vacío?

-La vida puede ser un acto de arrojo o de aversión.

“La vida puede ser un acto de arrojo o de aversión”, repetí para mis adentros. Traspasamos el umbral y transitamos el atrio rodeado de jardines. Las puertas de la capilla estaban cerradas. Desaté el alambre que las mantenía unidas. Un cuervo graznó en la cruz de metal, sobre el campanario. El herrumbre en las bisagras produjo un chirrido. Entramos con cautela. Nuestros pasos sonaban en el piso. Una ermita empotrada en la pared, detrás del altar de roble, mostraba una figura de Jesús. A su lado, una imagen de su madre en tamaño natural, con su rostro blanco de facciones virginales, tristes.

-Todos heredamos la tristeza de un mundo que se arrastra desde el pasado -dijo ella.

-¿Cómo podemos detener el dolor sin renunciar a la vida? -pregunté.

Los bancos alineados contra la pared lucían viejos y descuidados. Los tirantes de madera que sostenían el techo, daban la sensación de venirse abajo. Eilinora se acercó a mí. Afuera, las montañas vigilaban a Deán Funes con sus ojos verdes. La última luz se colaba por las ventanas y revelaba nuestros rostros. Eilinora puso sus brazos alrededor de mi nuca.

-Todos heredamos el mundo de nuestros padres. Pero si queremos, podemos rechazarlo -dijo.

Nos besamos. La tomé de la mano y la guié hasta el banco. Besé su cuello, abrí su camisa, besé sus pechos y respiré el perfume de su piel. Bajé sus pantalones y bajé los míos. Le agradecí al cielo y la penetré sobre un banco.

-¿Quién sos? ¡Decime quién sos! -susurré.

Me abracé a su cuerpo con fuerza.

-A veces soy esa mujer que camina a mis espaldas. Ella me conoce y yo la conozco a ella. A veces sus tiempos se vuelven míos -explicó con mis manos en las suyas-. Busco niños perdidos y aunque a veces me tardo, siempre los encuentro.

-¿Qué vas a hacer cuando lo encontrés?

Mis ojos brillosos se escondían en la penumbra. Sentí deseos de llorar pero me contuve. Suspiró y me acarició el rostro. Sus dedos olían a azahar. Me contestó al oído:

-Aquella mujer se habrá ido. Nada de ella habrá quedado. Cuando llegue el alba tendremos que construir el olvido.

Sacó el péndulo por última vez y comenzó a girar. Un gato se albergó en el confesionario de madera. Sus ojos resplandecían. No recuerdo más.

Me desperté tendido sobre el piso de la capilla. Eilinora no estaba. Pensé que había sido un sueño. Pero los sueños no dejan perfume. Los sueños no saben a saliva ajena. Uno no se despierta de los sueños con la certeza de haber sido traspasado por un rayo de luz que dejó en penumbras todo lo demás. Caminé de vuelta con un nudo en la garganta. El cielo limpio y la calidez del sol de primavera no significaron mucho para mí.

Me sentí liviano. La angustia había cedido. Rescaté su rostro, el sonido de su voz, sus pasos decididos, sus palabras y el halo de misterio que la recubría. Todo había sido tan real y se había evaporado.

Por meses la busqué en Deán Funes. Cada siesta regresé a la plaza con la esperanza de ver aquellos ojos azules. Tan solo necesitaba verla una vez más, decirle que mi alma había cicatrizado. Los meses pasaron, el verano se fue. También se fue el otoño. Cuando llegó el invierno no pude construir el olvido.

III

Decidí visitar a Manuel Graña Etcheverry, profeta hede, poeta, erudito y maestro en el arte de la memoria. Sus libros son objetos de culto entre muchos deanfunenses. Aquella mañana en la biblioteca, había repasado algunos de sus ensayos sobre metafísica. También ojeé sus tratados sobre el ritmo en el verso y otros escritos sobre la filosofía poética de Hedalia. Alguien como él podría ayudarme a descifrar aquel misterio.

Caminé hasta su casa una tarde de julio. Algunos transeúntes iban por la calle Santa Fe con sus abrigos gruesos. Una fina llovizna se convertía en escarcha al tocar el suelo. Los alumnos de la escuela de Bellas Artes Martín Santiago salían de sus clases. La mayoría de ellos usaba gorros de lana para evitar que sus orejas se congelaran. El cielo era como una salina gris. Mi respiración se convertía en vapor con cada exhalación. Froté mis manos heladas, me detuve, toqué la puerta y esperé unos segundos. Deán Funes tiene pulso, pensé.

Don Manuel abrió la puerta. Una ráfaga de aire cálido acarició mi rostro. Vestía un chaleco repleto de bolsillos como esos que utilizan los fotógrafos o los pescadores. Cargaba en su mano un insecticida en aerosol.

-Adelante, por favor -dijo con una voz gruesa, de tenor.

Me guió hacia una mesa atestada de libros, notas y papeles. Me senté. La escasa luz del día se colaba por la ventana de vidrio. Me ofreció un vaso de Sprite que sacó de la heladera. Sobre la mesa había un poema escrito a mano. Era su letra.

El calor de la estufa me hizo olvidar del frío. Barrí el lugar con la mirada y encontré fotos de sus hijos en las paredes. El ambiente olía a madera. Detallé una biblioteca de cedro. En su interior distinguí varios libros del poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade. Manuel había traducido al castellano toda su obra y conquistado el amor de su única hija, María Julieta, aunque ella había muerto hacía mucho tiempo.

-Tu visita es inoportuna…No es que no te quiera recibir -se justificó-, pero yo había preparado todos los elementos apropiados para iniciar un combate frontal contra las hormigas que me están devorando el jardín -pronunció una sonrisa-. No creas que es una lucha fácil. La dejaré para mañana.

Don Manuel se sentó y apoyó sus antebrazos sobre la mesa. Le pedí disculpas por haber aparecido tan abruptamente. Le expliqué mi situación. Bebí unos tragos de gaseosa helada (sabía deliciosa). Le hablé de la aparición de Eilinora, de su búsqueda del niño perdido, de nuestro amor fugaz y su desaparición.

-Sus últimas palabras fueron: “tendremos que construir el olvido” -le conté-. Como puede ver, no lo he logrado; por eso estoy acá. De hecho, la recuerdo cada vez más. Ella se fue sin dejar rastro, así como el viento.

-Entiendo -dijo y se tomó el mentón.

Se levantó y buscó en la sección de libros raros de su biblioteca. Trajo uno de Yüan Luang: Méthode pratique de Divination Chinoise. Se sentó de nuevo y leyó con prisa algunas hojas. El libro parecía muy viejo.

-Este ejemplar se ha salvado del “bibliocausto” de la Inquisición. Muchos de mis libros raros son de artes ocultas, conseguidos en el mercado negro. Mis preferidos son los chinos -explicó-. Este, por ejemplo, revela en uno de sus capítulos, que existen seres que transitan entre dos mundos y son capaces de provocar salvación o condena.

-¿En serio?

-Caminan entre nosotros pero solo unos pocos pueden reconocerlos.

Mencionó otros libros sobre eventos extraordinarios y hasta citó varios fragmentos de ellos (don Manuel es conocido por poder recitar de memoria más de diez mil poemas). Me habló de algunas posibilidades más, pero nada nos acercaba a Eilinora O´Keefe.

Comencé a perder la fe y a reconsiderar mi obsesión por el tema. Manuel entrelazó los dedos de la mano y jugueteó por unos segundos, rozando los pulgares.

-Toribio… -dijo-, …cuando suceden encuentros inexplicables como aquel, se puede tratar de una intervención del cosmos  -agregó.

-¿Una intervención del cosmos? -Levanté mis cejas.

-Así es. El tema de las poetas rabdomantes se ha tratado, aunque de manera austera, en el libro de Jean Marques Riviere: Amulettes, Talismanes et Pantacles.

-No creo que ella hubiera sido así, don Manuel -dije.

-Puede que no lo creas, pero hay algunos testimonios de “interventores” como ella en La poética del Ciclo del Ulster y El Ciclo de Ossian, ambas piezas fundamentales de la literatura druida.

-No sé qué decirle -rasqué mi cabeza-. Es todo muy confuso.

-¿Te gusta el ajedrez?

-Me encanta -enfaticé.

-Te propongo que juguemos una partida, y por el momento, nos olvidemos del tema. A decir verdad -tamborileó los dedos en la mesa-, no estoy listo para darte una respuesta en el caso de Eilinora O´Keefe.

Comprimí los labios en señal de resignación. Acepté jugar aquella partida y pensé que sería un buen descanso. Manuel se levantó y buscó una caja de madera. Abrió una tapa corrediza y desplegamos los respectivos ejércitos sobre el tablero nacarado. Yo jugué con piezas de madera clara, él con las de madera de ébano. Buscó un CD de Ica Novo, lo puso en el equipo y escuchamos Músicos del nuevo mundo. Le siguieron: Gato de Cosquín, La repiqueteada, Verdes infinitos, Para don Pedro Vergara, Persiguiendo al viento y otras más.

Permanecimos el resto de la tarde abocados a la partida. La noche nos halló frente a frente, concentrados. Pensé que mi ventaja material (contaba con un alfil y dos peones más), me posibilitaría la victoria, pero Manuel lanzó un ataque repentino sobre mi rey enrocado. Avanzó con un peón por una columna abierta hasta transformarlo en Dama. Decidí darme por vencido y abandonar. Fue una gran partida a pesar del resultado. No sentí ganas de volver a casa, pero igual me puse de pie.

Le agradecí por su tiempo y su intento por ayudarme con aquel enigma. Nos dimos un apretón de manos y me acompañó hasta el umbral de su casa. Un joven fresno plantado en la vereda, se sacudía de un lado a otro por un viento que silbaba. Pensé en la vida y su manera de eslabonar los eventos con signos que pasan desapercibidos, y en las intervenciones que sacuden nuestro mundo. En algún momento de nuestra existencia, somos como un árbol delgado que se bambolea a merced de la intemperie. Pide auxilio, al igual que un niño perdido en el interior de una montaña.

Caminé por la vereda y escuché su voz a mis espaldas:

-Ya sabrás quién es el niño. ¿Verdad Toribio?

Miré hacia arriba. La noche revelaba universos lejanos, billones de posibilidades encendidas en el cosmos.

 

Manuel Gonzalo Etcheverry, poeta, profeta hede, deanunense. Que en paz descanses Maestro.

Manuel Gonzalo Etcheverry, poeta, profeta hede, gran maestro de la palabra, deanfunense. 1915-2015.

Fotografía tomada de la biografía del FB de su hijo, Pedro Graña Drummond

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Hasta que la muerte los separe

El primero de abril a las diez de la mañana recibí una llamada de mi amigo Sergio “Cucho” Costantino, el director de cine nacido en Mendoza y criado en la Capital Federal (suponiendo que en Argentina exista federalismo). Me anotició:

—Me caso el sábado cuatro de abril en San Vicente.

El paraje está ubicado a cinco kilómetros de Deán Funes, al pie de las sierras que sirven de inspiración a los artistas del norte cordobés. Allí se levanta una capilla pintoresca que es parte de la personalidad de mi ciudad natal.

—¡Esas son noticias! ¿Con esa chica linda con la que viniste el año pasado?

—No, no, no. Con esa no. —Carraspeó para aclarar su voz — Conocí a Lucila hace cuatro meses. Ella sí es el amor de mi vida. Estamos prendidos fuego, Edu. Nos acompañamos a todos lados y nos entendemos. Quiero llevarla a San Vicente y sellar el amor que siento. Es uno de mis lugares favoritos en el mundo. Vos sabés…

—De solo escucharte imagino su felicidad.

—Eso sí… —Hizo un silencio —Ella todavía no lo sabe. Quiero que sea un casamiento sorpresa.

A la intensidad veraniega, le sigue abril con su vocación de desatar fuerzas extrañas. Caen las hojas teñidas, los árboles se desnudan, el verde huye de los campos, los días se acortan. Algo en el espíritu de la tierra se bate en retirada aunque promete regresar, dejando una calma esperanzadora similar a la nostalgia post orgásmica. Abril ocurre como un naufragio que nos obliga a contemplar la inmensidad. Con su retórica de resurrección, provoca en los hombres tremendos actos arrojo, como la poesía o el amor.

—¿Te querés casar de sorpresa? Eso es innovador.

—La cámara lenta no es mi estilo, vos sabés. Por eso necesito que me hagas dos favores.

—Claro. Los que sean.

Cucho me explicó que el tres de abril vendría a Deán Funes junto a su novia para el estreno de “Familia Cantora”. Su film gira en torno a la familia Pacheco, insignia artística y orgullo de mi tierra. Tuvo que elegir los instantes más significativos entre más de doscientas horas de grabación, obtenidas a lo largo de quince años, en los que fue acumulando escenas, perspectiva, amigos y comprensión de los rituales folclóricos. Como sucede con las notas de una sinfonía, las imágenes tuvieron que competir y ganarse el derecho a formar parte de la obra terminada. Cucho debió acomodar esa información a una trama que nos hace recorrer una amplitud de sensaciones, desde el fragor de los festejos a la tragedia. Mientras, dirigió y estrenó otras películas. Entre ellas: Buen día, día, sobre la vida de Miguel Abuelo e Imágenes Paganas, sobre Federico Moura, el líder del grupo Virus. Ambas me dejaron una mezcla de emociones fuertes y un mensaje: A menudo, la belleza proviene de la destrucción.

—Necesito que me ayudés a conseguir la llave de la capilla. ¿Podés?

—Creo que sí —respondí —. La última vez que fui estaba abierta. Pero fue hace mucho.

—Y necesito algo más…

—¿Qué necesitás, hermano?

—Quiero que hagas de sacerdote.

Evalué la dimensión del pedido. Las primeras palabras que llegaron a mi boca:

—Aunque lo siento como un privilegio, creo que sería un poco raro. Es decir, abandonada y con el techo viniéndose abajo, sigue siendo una capilla católica con una cruz y un altar. Hasta tiene un confesionario y unos cuadros colgados en las paredes con imágenes del calvario. Sabés que soy bastante ateo.

—Bueno…No es que tendrías que administrar la eucaristía. Unas palabras simples, nada más. Quiero que estén todos los Pacheco, y también me gustaría que esté Marcos Manzur. ¿Qué opinás?

Palpé la importante barriga que he desarrollado. Pensé: me gusta el vino, he fantaseado con monjas desnudas, he escapado del trabajo duro, me entusiasma escuchar toda clase de pecados y suelo encontrar en ficciones descabelladas, verdades que repito enfrente de diferentes tipos de multitudes. Para ser un sacerdote en serio, solo me faltaría el rictus provocado por la fermentación de la libido y el temor al fuego eterno.

Los sacerdotes católicos no conocen la convivencia con el sexo opuesto. Ni el enajenamiento que producen los celos o el aterrador puerperio (¿Stephen King todavía no escribió un libro que se llame Puerperio?) o los tormentosos cambios de humor por ninguna causa aparente o el SPM o la dramática pérdida de poder que sufrimos durante los embarazos o la cizaña venenosa de las suegras o esos ronquidos que nos despiertan en medio de la noche y nos hacen preguntar, bañados en sudor, con las dos manos en la cabeza: ¿quién es esa señora?

Estoy convencido que los curas desconocen la minería a cielo raso que ocurre en el hogar del hombre casado. Muchas veces los he visto bendecir uniones: bailarines legitimando a los soldados. Ni se inmutan cuando preguntan: “¿Prometes amarla hasta que la muerte los separe?” Porque así lo demanda Dios, otro soltero. Sobre todo, no conocen el significado de construir amor incondicional por una mujer. Creo que yo sí. De modo que me sentí capacitado para dar la bendición a mis amigos.

—Será un honor decir unas palabras en ese momento importante. Allí estaré.

El cuatro de abril, Cucho y yo conversamos por teléfono para ultimar detalles. Lo felicité por el estreno de su película. Cucho recibió una ovación. Es la primera obra de ese calibre dedicada a mi tierra y sus artistas..

—La capilla ya está abierta —le dije—. La gente llegará a las dos.

—Ok. Todo listo entonces. Lucila me pregunta a cada rato si me pasa algo —Cucho se rió—. Pero no sospecha nada.

El día parecía augurar cosas buenas a pesar del cielo plomizo. Me vestí con una camiseta negra que exhibe la réplica de una pintura sobre el muro de Berlín. Lleva escrita una pregunta junto a una silueta humana: “¿Cómo es Dios?” Y su respuesta: “Ella es negra”.

Crucé el centro de Deán Funes en el automóvil, llegué a la ruta. Elegí el camino que pasa por el colegio Fray Luis Beltrán, un sendero de ripio bastante arruinado. El sol apareció brevemente entre las nubes y proyectó la sombra de un quebracho solitario plantado en medio del monte. Bajé la ventanilla para respirar el aire puro. Subí el volumen del reproductor de música. El estribillo de la canción se repetía una y otra vez. La canté con toda la fuerza de mi garganta:

 

“Los que no saben donde ir están buscándote,

los que ya fueron y vinieron vuelven con la fe”.

 

El violeta de las sierras se volvió verde. Divisé la cruz de hierro encima de la torre del campanario. El frente de la capilla necesitaba una mano de pintura. Estacioné y bajé del automóvil. El viento perfumado de hierbas acarició mi rostro. Caminé en dirección a la entrada. Un perro marrón con manchas blancas me siguió hasta la puerta moviendo su cola. La garrapata prendida a su oreja podía explotar en cualquier momento. Fui el primero en llegar. Por las puertas abiertas entraba un chorro de luz y deshacía la oscuridad. Faltaban cinco minutos para las dos. Caminé hasta el final del pasillo. Presentí que el romanticismo de Cucho nos jugaría en contra al resto de los hombres. Esa determinación kamikaze para entregarse al amor establecería un parámetro difícil de igualar. Sentaría un precedente incómodo para el género. Quizá en el futuro, los hombres de mi pueblo dirían: ese porteño nos enseñó qué es la seducción, la valentía y la conquista.

¿Qué podía decir en la unión de mis amigos? Esperaba no incomodar a los cristianos invitados a la ceremonia. O sea, casi todos. Se preguntarían qué hacía alguien como yo en la casa del hijo del dueño del tiempo, el espacio y la gravedad.

Fueron llegando los integrantes de la familia Pacheco. La mayoría se persignaba, practicaba una genuflexión a la cruz y seguía hasta ocupar los bancos. Nos saludamos en voz baja. Los murmullos reverberaban, acrecentando la oquedad que producen las paredes y techos altos. Rosario Pacheco se sentó cerca del altar y acomodó una guitarra a su lado. Junto a ella se sentaron sus hermanos, Claudio e Iris. Me quedé al costado sin saber qué hacer.

Un automóvil frenó, su motor se apagó y dos puertas sonaron al cerrarse. Cucho apareció de la mano con Lucila. Todos de pie. Claudio tomó la guitarra y arpegió los acordes del Ave María de Schubert. Los novios caminaron despacio por el pasillo. La voz de Rosario se esparció por la capilla. El rostro de Lucila comenzó a transformarse a medida que fue descubriendo el propósito de su visita a San Vicente. Suspiraba, miraba a sus costados y sonreía ante la cantidad de cómplices de su enamorado. Su vestido blanco con flores negras realzaba su elegancia. Llegaron hasta el altar. Los recibí con un abrazo y un beso. La mamá de Claudio se acercó a la novia y le colocó una flor en el cabello. La música terminó y sobrevino un silencio estremecedor. Cucho me entregó los anillos. Tomó las manos de su enamorada, la miró a los ojos y dijo:

—Lucila, el día que me comprometí con vos, me comprometí a cuidarte, a ser sincero, ser verdadero con vos.

Las piernas de la novia temblaban. Sonreía y negaba con cierta incredulidad. Lo miraba con ojos brillantes. Si se desmayaba, se perdería la escena de amor más impresionante de la historia de Ischilín. Continuó:

—Me comprometí a sorprenderte, a hacerte reír tres veces al día. A hacerte el amor hasta que mi cuerpo no de más. A abrazarte cuando llores, a cuidarte como lo más preciado en este mundo. Acá estoy, mi amor.

Observé el rostro de algunas mujeres invitadas. Estaban casi tan emocionadas como la novia. Los hombres parecían tomar nota. Lo disfrutaban a pesar que tendrían que remar para no quedar como seres insignificantes enfrente de sus parejas después de este despliegue de romanticismo épico.

—Me comprometí a amarte como nadie te amó. A crear mi arte inspirado en vos. A que te sientas orgullosa. A que sepas que mi sangre siciliana te pertenece. Me comprometí incondicionalmente porque la incondicionalidad nos salva.

Supongo que Lucila no tuvo alternativa y se arrojó a los brazos de Cucho. Creo que todos nos quisimos arrojar a los brazos de Cucho. Se besaron. Ella dijo “Te amo”. Lo repitió. Lo dijo otra vez más. Sus bocas se enredaron. Sus cabezas acompañaban el beso, sus manos se buscaron, se apretaron. Ella rompió en un llanto. ¡A la mierda con las novelas! No había libreto, egos o reflectores. Éramos testigos del amor en vivo. No había corazones de utilería, ni trama, ni posibilidades de edición. El director de cine había decidido realizar un montaje de su propia vida.

Permanecieron abrazados. Cucho me miró y asintió. Los anillos en mi mano se habían humedecido. Sentía mi boca seca. Cualquier cosa que dijera estaría de más. De modo que me acerqué despacio a los novios. Supongo la cámara lenta es mi estilo. Todos los ojos estaban puestos en ellos. Y ahora, en el debut sacerdotal.

—Buenas tardes a todos.

Soné un poco tembleque. Respiré hondo. Acaricié mi quijada. Comprimí los labios. Deseé que al finalizar mis palabras no me tiraran con una silla. Sentía el cuerpo acalorado. Tomé coraje con una bocanada de aire profunda. Intenté afirmar la voz y la volví a dirigir a la audiencia:

—Hace cuatro meses, Cucho entró al bar de siempre después de un día duro de trabajo. Buenos Aires diluviaba. Caminó hasta la barra con ganas de tomar una cerveza. Sobre la silla que siempre ocupaba, encontró una mujer bella. La vio sonreír. Sintió algo muy fuerte dentro suyo. En vez de deshacerse en halagos o soltar gestos que delataran interés, hizo lo que hubiera hecho cualquier conquistador de ley: la recriminó. “¿Y vos, qué haces sentada en mi silla?”. Se pusieron a pelear como dos niños. Bebieron una cerveza y después otra. Y otra más, hasta que llegaron a la conclusión de que la silla no podía ser compartida. Continuaron con la disputa bajo la lluvia sin paraguas. Caminaron empapados, ajenos a los automóviles que los salpicaban. Horas más tarde, compartían una cama. Inauguraban un amor que promete trascender en el tiempo.

Supongo que la emoción me quitó el miedo a expresarme. Envalentonado, decidí un leve viraje estético acorde con mi rol:

—Queridos hermanos: la civilización y todo aquello que la define es una novedad en un mundo de 4.600 millones de años. Tuvieron que existir las amebas, los dinosaurios y los monos que se convirtieron en el hombre que desató la guerra que hambreó a los ancestros sicilianos de Cucho y los mandó a Argentina para sobrevivir y empujar a nuestro amigo a la existencia. Los abuelos de Lucila también tuvieron que cruzar el océano y rehacer su vida en estas tierras. Es imposible calcular la cantidad de eventos que tuvieron que ocurrir para que nuestros amigos se encontraran y eligieran, por encima del resto de los habitantes de la Tierra. ¿Qué es el azar, sino el lenguaje de Dios, que precede a la existencia de todo? 4.600 millones de años más tarde, estamos celebrando esta unión. Y eso es un milagro.

Les entregué los anillos. Cucho se lo colocó a ella. Lucila hizo lo mismo con él. Sostenían sus miradas tomados de las manos.

—Los declaro compañeros en la vida. Pueden seguir besándose y consumando el amor. No hay fruto prohibido. No hay culpas ni serpientes. Nadie podrá desterrarlos de su Edén. Hasta que la muerte los separe.

Cucho y Lucila en la capilla de San Vicente.

Cucho y Lucila en la capilla de San Vicente.

 

 

 

 

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Conversación con el señor Tamashiro

Yacía sentado sobre los altos murallones de piedra de La Cañada. De tanto esperar al señor Tamashiro, me habían empezado a molestar las nalgas. Ya había contemplado el reflejo de las tipas en el torrente. Ya había leído y guardado un libro en mi mochila, avistado algunas aves, pocas nubes en el cielo, rostros de ciudadanos estresados y estudiantes de varios colores y formas. También había dedicado piropos a chicas que pasaron inaugurando la primavera con escotes atrevidos, faldas cortas y pieles perfumadas. El vaivén de los vehículos marcaba el pulso en la mañana de Córdoba y el señor Tamashiro no llegaba. ¡Qué clase de japonés llega tarde a algún lado!

Debía viajar con él hasta Villa General Belgrano. Me habían encargado un texto sobre la reunión de entusiastas de los automóviles BMW. Acepté porque me pareció interesante conocer un pueblo famoso por su arquitectura alemana, sus arroyos, bosques, montañas, cerveza artesanal, masas vienesas, chocolate, descendientes de nazis fugitivos, pechos teutones y salchichas con chukrut. Podría interactuar con aquellos seres entusiastas de la velocidad que se excitan con el ruido de levas y pistones y consagran parte de su vida a quemar petróleo. Era mi oportunidad de explorar aquella manera de entender el mundo. ¿Cómo negarme?

No tengo mucho que decir con respecto a los automóviles. Mi relación hombre-máquina es similar a la que tengo con el Dios del Antiguo Testamento. Tampoco tengo mucho que decir con respecto a un viejo que prefiere una nación por encima del resto y necesita que masajeen permanentemente su colosal ego narcisista, so pena de desatar calamidades, convertir las ciudades en nada, matar niños e inundarlo todo. Los automóviles me generan poco interés. Viajo a todos lados en ómnibus. Allí puedo leer, conversar con alguien, mirar películas y también escribir. En un ómnibus, hace mucho tiempo, conocí a una mujer especial. A los pocos kilómetros de embarcados, le declaré mi amor eterno, que duró un tiempo antes de volverse real.

El señor Tamashiro llegó veinte minutos tarde en un BMW coupé, blanco, deportivo. Bajó la ventanilla, inclinó la cabeza y me miró por encima de unos lentes espejados que se enganchaban a unas orejas pequeñas y ocupaban un tercio de su rostro. Su cabello estaba cortado al ras del cráneo. Vestía un saco blanco y una camisa con rayas azules. Masticaba chicle y con cada oclusión se marcaban sus músculos mandibulares. Parecía un sicario de la yakuza. Vino a mi cabeza una pregunta: ¿Esos japoneses no eran orgullosos de sus marcas nacionales?

—¿Señor Tamashiro?

Asintió. Tomé la mochila, me acerqué, abrí la puerta y me senté en la butaca del copiloto. Me presenté. Nos dimos un apretón de manos. No dijo nada. Aceleró rumbo al Sur. Tomamos la avenida que nos sacaría de la ciudad. El interior del vehículo olía a prosperidad y aromatizante de lavanda con forma de pino, colgado del retrovisor, adornado con la leyenda “Yo amo a BMW”. En letras más chicas, aparecía la publicidad de “Taller El Zonda” y un número de teléfono.

Dejamos Córdoba atrás. Tanto silencio me había comenzado a incomodar. Se me ocurrió cuestionar de manera frontal, por qué idolatraba un automóvil alemán, siendo que Japón produce máquinas espectaculares. Entonces recordé lo que me contó un amigo: “Si querés decirle algo a los japoneses, no vayás al grano, rodeá el tema, pero no vayás al grano. Eso los ofende.” La ruta que une Córdoba con Alta Gracia se desplegaba. Esa ciudad es la puerta de entrada de las Sierras Chicas.

Cruzamos algunos autos en sentido opuesto. Los postes de alta tensión también parecían venirse en contra. Envié un par de mensajes de texto a mi hermana y a mi amigo “Ojo” Gandur. El señor Tamashiro todavía no hablaba. Supuse que los japoneses de ley no andan rompiendo el silencio con lo primero que se les viene a la cabeza. Se ubicó detrás de una camioneta vieja. Aceleró para dejarla atrás. El reloj cuenta revoluciones subió hasta tres mil quinientos. El motor de la nave emitió un ronquido leve que insinuó su poderío. En segundos, el velocímetro alcanzó ciento noventa. Lo miré de reojo con cuidado de no ofenderlo. No quería que pensara que dudaba de su milenario honor ancestral o sus habilidades automotrices.

Su vista permanecía clavada al frente. Tan concentrado, con esa piel brillosa y ese silencio afilado como katana, daba la sensación de haberse perdido en algún sembradío de arroz, con unas geishas de pies diminutos, tez blancas, kimonos abiertos y una predisposición descomunal para la satisfacción masculina, las danzas milenarias, el sake, las fiestas animadas con shamisen y esas cosas que solo las geishas saben hacer. El señor Tamashiro apretaba el volante con la firmeza de un kamikaze a bordo de su avión, feliz de estrellar su vida contra algún barco norteamericano. Aquello me llevó a pensar en Bruce Lee. Más precisamente en Operación Dragón. Más precisamente en una escena en donde le entra sin asco a unos tipos con su nunchaku.

Los kilómetros pasaban. Las dos líneas amarillas en medio de la ruta parecían juntarse a la distancia. Los arbustos y pasturas enverdecían el paisaje a ambos costados. Por Alta Gracia, se me dio por iniciar una conversación:

—Sabe don Tamashiro: justo estoy leyendo una novela de Yasunari Kawabata. Se llama Lo bello y lo triste. Lástima que tantos escritores buenos se suiciden. Aunque por otro lado debe ser duro vivir en un mundo como este con tanta lucidez.

El señor Tamashiro no dijo nada.

—También he leído a Murakami. Espero que a él no le pase lo mismo. A través de esas novelas he aprendido un poco sobre la espiritualidad oriental. También he aprendido a decir “verde” en japonés.

Esperé a que me preguntara cómo se dice verde en japonés. No lo hizo.

—Midori —sonreí orgulloso—. Verde se dice Midori, don Tamashiro. También es el nombre de la protagonista de Tokio Blues. Aunque mi novela favorita de Murakami es Kafka en la orilla.

Las cejas del señor Tamashiro se alzaron por encima del marco dorado de sus anteojos. Presentí que amasaba un mensaje atestado de sabiduría. Hice silencio para que pudiera expresarse. Esperé un buen rato pero no dijo nada.

—También soy admirador de Akira Kurosawa.

Estaba convencido que el señor Tamashiro analizaba cada cosa que yo decía. En aquel estado de hipnosis en el que se encontraba, seguramente iba a encontrar las palabras justas para sorprenderme. Mientras, continué:

—Coetzee escribió Diario de un mal año, adonde sugiere que la obra cumbre de Kurosawa, Los siete samuráis, representa una analogía del nacimiento del Estado.

Lo escuché echar un suspiro profundo. No me quedó claro si aquello era bueno o malo. El camino se volvió realmente sinuoso. Antes de tomar las curvas cerradas, el señor Tamashiro rebajaba uno o dos cambios y el motor soltaba rugidos.

—Le explico don Tamashiro —levanté mi índicé—: en Los siete samuráis, una horda de ladrones desvalija un poblado campesino, año tras año. En un momento, los ladrones proponen: “Entréguenos parte de sus bienes voluntariamente así no tenemos que saquearlos”—Abrí mis manos—Así empezaron a pagar para que los bandidos no les quitaran todas sus cosas. Igual que el Estado hace con nosotros.

El teléfono del señor Tamashiro sonó con la música del vals de El Padrino. Eso lo entendí. Los japoneses hicieron mucho por la industria metal-mecánico-electrónico-informática, pero su música está destinada, a lo sumo, a ambientar una película de Quentin Tarantino. Tomó el celular, miró la inmensa pantalla, lo colocó de vuelta entre las butacas y el vals dejó de sonar. Era un gran momento para preguntarle por qué manejaba un BMW y no un Toyota, por ejemplo. Le podría haber largado el rollo ahí mismo pero algo me detuvo. Llámenlo instinto. De modo que decidí continuar con mi plan de rodear sutilmente el tema sin ir al grano.

—Así es con la literatura japonesa. —Tomé aire—Descripciones mágicas y esos personajes complejos enredados en tramas sofisticadas. El arte japonés es revolucionario —comprimí los labios—. Y hablando de eso, en Alta Gracia nació el Che Guevara, lo más parecido que hemos tenido a un samurái, aunque haya gente que piense que se volvió un ícono de la economía supersimbólica, como Nike, Apple, Jesús o Chevron. ¿Entiende?

El señor Tamashiro acomodó sus anteojos con el índice. Me dio la sensación que de tanto procesar lo que yo decía, había endurecido su rictus. Atravesamos varios parajes: Anisacate, Villa La Bolsa, Villa Los Aromos. Pude ver que alquilaban cabañas para hospedaje. También cruzamos puestos adonde vendían quesos de cabra, fiambres y artesanías en madera y cuero. Le hablé del sushi y el wasabi. De la curiosidad que despiertan los templos sintoístas. De la tragedia de Fukushima, del karaoke, de los dibujantes de manga y animé, de Karate Kid, Kill Bill, Hiroshima y Nagasaki.

Un perro negro jugueteaba en la banquina. Rebajó de sexta a quinta, a cuarta, a tercera y disminuyó la velocidad a cuarenta kilómetros por hora. Pasó al lado del animal, aceleró. Sentí que mi cuerpo se hundía en la butaca. A los pocos segundos, el BMW se desplazaba por la cinta asfáltica como un proyectil. Apenas frenaba en las curvas. Las ruedas se adherían a la superficie como si rodáramos sobre una pista de scalextric.

Comenzamos a bordear el lago y ganar altura por el camino de montaña. Subimos por un trayecto de curvas cerradas hasta que el Embalse Los Molinos quedó expuesto. Ese espejo de agua cristalina es uno de los tesoros serranos. El paisaje me inspiró para acercarme más al tema. Debía ser preciso porque el tiempo se acababa.

—BMW. ¡Unos fierros infernales, don Tamashiro! Seguro que estos motores pueden durar un millón de kilómetros. Hasta le diría que Alemania es famosa por esta marca y no por el strudel. Ese sí que es un país que sabe producir buenas cosas. Por algo fueron imperio.

Un automóvil tipo rural cargado de personas yacía estacionado en un mirador. Junto al vehículo, un niño meaba. Su próstata, inmaculada y todopoderosa, impulsaba un chorro que describía una alta parábola y caía en el barranco. Decidí avanzar con el plan:

—Don Tamashiro: algunos dicen que las personas que viven bajo el rigor de condiciones climáticas severas, tienden a desarrollar mejores capacidades organizativas que aquellos que viven en climas benévolos. Por ejemplo, en Bahía, Brasil, no necesitan organizarse para nada. Apenas necesitan un techo, la intemperie es agradable. Las frutas crecen en cualquier lado y el mar les da todo tipo de peces. Nadie debe trabajar duro. Es lógico que no tengan industrias. En cambio, Alemania, con ese frío, la gente desarrolla otro carácter. Si no se organizaran para batallar la inclemencia del clima, podrían morirse.

Una paloma se cruzó. El instinto de conservación me hizo levantar las manos para proteger mi rostro. El ave rebotó contra el parabrisas y dejó una mancha roja pintada en el cristal. El señor Tamashiro no se inmutó. Ese era el momento para darle una inflexión a la conversación y preguntarle lo que quería preguntarle.

—Así es con Alemania, don Tamashiro —carraspeé para clarear mi voz—. Todas las economías poderosas parecen subsidiadas por algún evento extraño.

Me aposté a mí mismo que esto despertaría el interés del señor Tamashiro.

—¿Sabe quién subsidió a la industria alemana para que creciera hasta ser una de las más fuertes del mundo, don Tamashiro? Fueron los esclavos comunistas, liberales, francmasones, testigos de Jehová, los clérigos que se oponían a los nazis, los miembros de los movimientos opositores nacionales, los romaníes, los homosexuales, los enfermos, los judíos y los demás que trabajaban sin parar en los campos de concentración. —Tomé aire—¿Sabía que Hugo Boss diseñó los trajes de la SS?

El señor Tamashiro negó con la cabeza. De a poco me acercaba. Me sentía casi en condiciones de preguntarle al señor Tamashiro qué hacía un caballero del Glorioso Imperio del Sol Naciente manejando un automóvil sin rastros de japonesidad.

—Así cualquiera impulsa una industria, aprende a producir buenos automóviles y fortalece su país, don Tamashiro. En cambio, Japón no tuvo mucha ayuda. Por eso prefiero los autos japoneses. Tienen mejor karma.

Haber dicho esas palabras, me hizo sentir cerca de averiguar por qué razón el señor Tamashiro había traicionado a su patria. Consideré que había rodeado el tema lo suficiente. De modo que decidí soltar el asalto final.

—Don Tamashiro: ¿Acaso Japón no ha sido el único país en la historia moderna que desafió al imperio norteamericano y logró pasar de ser subdesarrollado a ser la segunda economía del mundo? Ustedes mandaron a cagar a Washington y sus consejeros. —Mi voz iba ganando volumen. Paseaba mi índice por el aire—: ¡El gran Japón y sus tremendos japoneses!

El señor Tamashiro disminuyó la velocidad en la entrada de un paraje.

—Los soberbios yanquis les dijeron: “ustedes son una islita llena de gente pequeñita y paciente. Tienen que seguir haciendo boludeces de seda”. Pero ustedes contestaron: “¿Quieren que hagamos seda?—Me tomé la bragueta—¡Esta! Nosotros vamos a hacer Sony, Mitshubishi, Toshiba, Fujitsu, Izuzu, Seiko, Yamaha, Nissan, Susuki, Honda. Nosotros vamos a dominar el mundo. Vamos a ser los samuráis de la economía global. Sufriremos hambre mientras ustedes comen diez mil calorías diarias, cobran salarios altos, se endeudan como dementes y mueren de diabetes con Mc Donalds y Coca Cola. Dejaremos atrás nuestras desgracias, nuestras guerras perdidas, bombas atómicas, calamidades, pestes, tsunamis, terremotos y ¿saben qué? ¡Nadie podrá pararnos! Porque somos un pueblo que sabe tomar distancia de su pasado y tiene conciencia de la importancia del sacrificio para dejar oportunidades a las generaciones venideras” —negué con la cabeza. Chasqueé mi lengua en el paladar—. O sea, lo opuesto al peronismo don Tamashiro, ¿entiende?

Frenó en una estación de servicio. Inclinó su cabeza, tomó sus anteojos, se los bajó a la altura del tabique. Sentía su mirada grave sobre mí rostro. Ahora sí esperaba unas palabras que sintetizaran la esencia de la vida, la muerte, el cosmos o todo eso junto. Estiró la mano, abrió la gaveta y se iluminó el interior. Divisé un escudo del Club Atlético Talleres de Córdoba mezclado entre algunas cajas de cedés. Eligió uno del Negro Videla, el padre del cuarteto cordobés. Lo sacó, lo insertó en el reproductor y salimos a la ruta a toda velocidad. Elevó el volumen al máximo. La música retumbaba en el habitáculo.

Y así terminó mi conversación con el señor Tamashiro.

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El facineroso y la ciudad

Tres policías bajan de la camioneta a un hombre esposado, lo dejan frente a un edificio de paredes blancas, suben a la camioneta y se van haciendo chillar las ruedas contra el asfalto. La camioneta desaparece en una esquina. En la calle no hay nadie. El viento sacude la copa de los paraísos, golpea su cuerpo, cachetea su rostro, mientras el sol de primavera calienta la siesta. Permanece enfrente del edificio hasta que unas puertas pesadas se abren de forma lenta, rechinando las bisagras. Avanza por un salón de techos altos. La luz se cuela por el vano, muestra un piso agrietado. Varios estandartes exhiben las banderas de Argentina, España, Italia, Siria, Líbano, Croacia, Yougoslavia, Checoslovaquia y Armenia. Los muros están adornados por pinturas. El hombre fija la mirada en un lienzo que muestra una mujer desnuda con los brazos extendidos. Sigue con el mural de una carreta estacionada enfrente de una iglesia, una capilla al pie de las sierras, caballos que pastan bajo un algarrobo, un estanque, un molino, flores. Ignora que son las obras más distinguidas de los pintores de la ciudad. Le llaman la atención otros objetos dispuestos sobre la superficie: una locomotora antigua, piezas de máquinas que podrían pertenecer a fábricas, piedras de una cantera, pedazos de cerámica rotos, escudos de clubes abandonados. En el centro del salón hay una silla de madera de la vieja fábrica Perotti. Las puertas se cierran con un golpe seco que retumba. El salón queda a oscuras.

Una voz femenina, temblorosa, le dice:

—Mijo, tomá asiento.

El hombre se sienta. Nota que la silla es firme a pesar de ser antigua.

—¿Quién sos? —El hombre grita.

—Soy la ciudad —las palabras flotan en la atmósfera y se desvanecen.

—¿Qué estoy haciendo aquí? —le incomodan las esposas.

—Has venido a escuchar. Hoy, soy yo la que quiere hablarte.

—Me quiero ir. No quiero estar acá. Sacame de aquí.

—No tengás miedo. Soy vieja y estoy enferma. Me han violado, golpeado, y abandonado. Mi cuerpo está paralizado y mi piel huele a guano de tordo. No puedo hacerte daño.

La ciudad, tose, toma aire con dificultad.

Continúa:

—Te traje para decirte que no creo en tu culpabilidad.

—¿De qué me sirve eso, vieja demente? Además, la gente está feliz con mi encarcelación. ¿Cómo haré para vivir en este lugar si salgo de la cárcel? Será como otra cárcel. La gente me verá pasar y le contará a sus hijos la historia de mi desgracia—le pica la nariz, levanta las dos manos y se rasca con los pulgares.

—Mijo, esto no tiene nada que ver con la Justicia. Tengo casi doscientos años, y he cobijado gente de todas las calañas. No pensés que sos único en tu especie. Por eso quiero que te quedés tranquilo. —la ciudad se queda sin aire.

—¿Qué te pasa que tosés, te ahogás y temblequeás todo el tiempo?

—Gracias por preocuparte, mijo. Verás, mi cuerpo es similar al cuerpo de cualquier humano. Hubo un tiempo en que mi salud era sólida. Existían células que combatían a los parásitos. Había un equilibrio que me mantenía fuerte y vigorosa. Pero algo pasó en estos últimos veinte años. Mi vista empezó a fallar. Mi voz a temblar. Mi sangre es de mala calidad. Y no puedo enfrentarme al mal que me debilita. Aunque no lo creas, yo era fuerte y altiva. Me llamaban “La perla del norte”.

El hombre lanza una carcajada que se multiplica en ecos.

—Ninguna Perla del norte. ¿Acaso viste tus calles? ¿Viste la gente sin oportunidades? ¡Vieja patética!

—Mijo, no siempre fui así. Tal vez no conozcas mi historia porque viniste de otro lugar. Hace mucho, inmigrantes de todos los rincones del mundo me eligieron para fundar sus hogares. Construyeron edificios que durarán para siempre. Yo era el centro de sus esperanzas. Me hicieron plazas y las llenaron de flores, pavimentaron mis calles y mandaron a sus descendientes a las escuelas. Nacieron industrias. Fundaron clubes y sus hijos practicaron toda clase de deportes. Yo estaba formada por células fuertes—Se escucha un suspiro largo y asmático—. Hoy, la mayoría de mis células se volvieron débiles y temerosas. De a poco, los parásitos empezaron a degradar mi sangre y ahora me encuentro atrapada en un lugar oscuro, al borde de la muerte y sin defensas. Pero no quiero cargarte con culpa.

—¿Entonces qué querés de mí, vieja sucia?

—Soy una abuela que protegió en sus brazos a cientos de miles de personas. A vos te recibí, incluso sabiendo que venías de afuera. Hice oídos sordos cuando uno o dos me advirtieron sobre tus fechorías. Me mantuve confiada, a pesar de intuir que me esperaban días negros.

—Te merecés cada una de las cosas que te han pasado, vieja masoquista.

—Mijo, nadie puede dominar a su naturaleza. Vos siempre serás ladrón. Pero yo siempre seré indulgente y permisiva. En este momento somos una simbiosis.

—A dónde querés llegar. Quiero irme de acá. No aguanto tu voz lastimosa, vieja malparida, sácame de aquí.

—No voy a tardar, mijo—inspira como un acordeón roto—. Los humillados necesitaron oportunidades y se arrodillaron frente a tu puerta. Era más fácil darles un regalo unos días antes de las elecciones y mantenerlos como esclavos lamiendo sus cadenas. Ellos venían con las manos abiertas, como pidiendo limosnas. Ellos venían de barrios empobrecidos, creyendo que eras una especie de mesías, el guardián de su futuro. Pero no había oportunidades. Solo chapas, vales y esas cosas. Te aprovechaste de ellos porque no podían verte. Para que veas mi nivel de enfermedad, todavía hay quienes te envían mensajes de cariño.

—¿Qué querés? ¿Qué pida perdón? ¡No pediré perdón a nadie! Y menos a una vieja que se deja abusar con alevosía. Una verdadera vieja vergonzosa que disfruta que la manoseen.

—Mijo, tampoco necesito que me pidas perdón. En realidad siento compasión por los dos. Fijate. Acá estamos, vos esposado en una silla y yo en un lugar oscuro, infestada de parásitos y con mucho miedo de morir. Podés decir lo que quieras, esto quedará entre vos y yo. La Justicia no llegará jamás a este lugar.

—Te gustaba que te roben, vieja inmunda —el hombre sonríe—. Estabas en silencio. Sabías todo y no articulabas palabra. Además de pena, me das asco.

—Mijo, yo también siento asco y pena de mí misma. Te he sacado de tu sueño de alplax, de esa celda triste y te he traído a mis entrañas para decirte que te entiendo. Aunque quisiera que me devuelvas lo que es mío.

—No voy a devolverte nada. ¡Vieja asquerosa!

—Tal vez no lo entiendas. Lo que me sacaste fue mucho más que dinero. Has reducido a mis hijos a mendigos y hoy no tienen valor para decir ni hacer nada. Tuvo que venir un extranjero para compadecerse de mi agonía. Lo más grave es que has acabado con la fe de todos y transformado ese despojo en un infierno rutinario con el que tengo que vivir sin protestar. Has naturalizado el engaño, la mentira y ahora todos desconfían de todos. Has expulsado gente a otros lugares. Y me has dejado tendida mientras mirabas como me desangraba.

—¡Qué vieja caradura! Si no me aprovechaba yo, iba a ser otro. No voy a pedir perdón. Además, vos sos tierra de nadie. Acá progresan los usureros, piratas del asfalto, mentirosos, cobardes. La gente no tiene valor para reclamar lo que les corresponde por derecho. En otra ciudad hubiera sido diferente. Pero no con vos. De hecho, disfruté mucho dándote tu merecido, vieja sometida.

—Mijo, hay ciertos límites que ni siquiera yo, vieja y acostumbrada a los desfalcos, puedo dejar pasar sin sentir dolor.

—¡Te lo merecés! El que estuvo antes lo hizo. El que vendrá después lo hará. ¿Sabés porqué? Porque sos una vieja pusilánime y arrastrada. Ojalá te mueras de una vez por todas.

—No me falta mucho, mijo. Un milagro me podría salvar—la ciudad toma aire dos veces para recuperarse—. Sea como sea, te traje para decirte que sos una construcción hecha de mi reflejo. Sos la medida de mi propia decadencia. El castigo que yo misma me busqué. La culpable de todo soy yo, mijo. Habiéndote dicho esto, ahora podés irte.

Las bisagras rechinan y las puertas se abren. Afuera, el viento brama con furia. La luz que entra alumbra pinturas diferentes. En una de las paredes hay nueve paneles labrados en trencadís. El hombre ignora que representan la historia de la ciudad. Escucha guitarras y golpes de bombo. Lejana, suena la voz de un poeta. Ha aparecido el busto de un hombre de barba blanca y cabello largo. La sombra de algunos bailarines se trenzan en el techo. Sale corriendo del salón a toda velocidad. En el trayecto grita con todas sus fuerzas:

—¡Vieja cochina. Te odio y odio a tu descendencia! ¿Me escuchás? ¿Me escuchás, vieja mugrienta?

—Flaco, debes estar soñando. Gritabas cosas incoherentes. Los demás presos se van a despertar. No querés que se enojen ¿No? —le advierte su compañero de celda—¿No tenés un cigarrillo?
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Más allá de las altas coníferas

Alguien asistió a un sepelio en el cementerio de Deán Funes y le acusó a mi mamá que el panteón adonde descansan mi papá y otros ancestros está deteriorado. Ella puso el grito en el cielo. No es que sea muy devota de mi papá. Pero le incomodan las sentencias del tribunal imaginario del pueblo: “Dirán que somos descuidados con nuestros muertos. Que somos unos miserables. ¡Dios mío!”. El grito que puso en el cielo cuando le vinieron con el cuento del panteón deteriorado fue estridente, cargado de dramatismo y con unos matices tanáticos. No quiero volver a escuchar un grito así en mucho tiempo. Por eso, le he pedido a Lorena que me acompañe al cementerio para tomar cartas en el asunto. Llevo una libreta para anotar cosas.

Un día para asistir al cementerio debería ser gris, frío y lluvioso. Debería vestirme como para darle solemnidad al asunto. Nada de eso. A las cuatro de la tarde del primer día de primavera, el cielo es azul, la brisa acaricia mi piel y el sol lo entibia todo. Visto una camiseta con la imagen de Terminator. En mi pecho se ve la mitad del rostro de Arnold Schwarzenegger y la mitad del robot que yace bajo su piel. En la espalda llevo una leyenda: “Volveré”.

Supongo que también sería apropiado sentir congoja. A la mierda con eso. Casi todos mis muertos vivieron a lo ancho, más que a lo largo. Fueron testigos de guerras, sufrieron exilios y huyeron de genocidios. Prosperaron, se fundieron, renacieron, se reinventaron, exageraron, se divirtieron. Algunos fueron un poco infieles pero leales. Tuvieron hijos y sus hijos hijos. Se hamacaron en el vasto espectro de la existencia antes de entregarse a la madre tierra o al cosmos o a lo que sea que sucede más allá de las altas coníferas.

Lorena se ha colgado la cámara de fotos. Hemos decidido caminar los dos kilómetros que nos separan de ese lugar. Pisamos una vereda rota por las raíces de un paraíso añoso. Sus ramas exhiben flores de cinco pétalos blancos y centro violeta. Huelo su perfume con mi inmensa nariz. Mi tío Elías Baracat dice que el árbol es un mandala: “La copa es el reflejo de las raíces. Como todo en la vida”.

Me detengo en el quiosco de un amigo. Se mudó a Deán Funes hace poco para ejercer el comercio de alcohol, cigarrillos, ojotas, viagra, puñales, golosinas y condones. Hace unos días se infartó. Le recetaron un spray para dilatar sus bronquios y pastillas antiplaquetarias. Me dijo que dejó de fumar. Lo saludo, elijo dos chicles de menta, pago, le pregunto cómo anda, contesta “ahí estamos”, lo despido con un apretón de manos y salgo. En la esquina aparece una edificación de varios locales comerciales.

—Ese inmueble era una clínica. Ahí nací yo —comento.

—¿Tus hermanos nacieron ahí?

—Mis hermanos varones nacieron en Frías. Mi mamá los llevó a nacer allá. Quería que el mundo supiera que sus hijos nacieron en Frías. Ella viajaba en tren y mi papá se quedaba a trabajar.

—¿Se iba sola?

Asiento con la cabeza.

—Ella confiaba en la partera más famosa de Santiago del Estero. Doña Alcira de Lemos trajo más de diez mil bebés al mundo a lo largo de cincuenta años.

Era julio de 1960. Mi mamá se montó en el tren en la estación de Deán Funes. Su barriga casi explotaba. Viajó doscientos veinte kilómetros en doce horas y arribó a Frías. La esperaban mi abuela Chabela y una comitiva de parientes. Llamaron a Doña Alcira de Lemos. Ella estaba cansada de traer gente al mundo. No quería hacerlo más. Para convencerla, mi abuela le llevó niños envueltos, tripa rellena y shush barak. Nada. No había manera de que cambiara de opinión. Mi mamá le escribió un mensaje:

“Doña Alcira, usted hizo nacer a mis hermanos y a mí. Por favor, no me deje sola en este momento. Se lo ruego”.

La comadrona se ablandó. Los que la vieron entrar a la casa de mi abuela aquel día, cuentan que era demasiado pequeña para acarrear su maletín de cuero con gasas, guantes, tijeras, escalpelo, yodo, alcohol, porta agujas e hilo. Caminó hasta el cuarto adonde mi mamá reposaba. Saludó a todos y se sentó enfrente de ella. Se calzó unos guantes y comenzó con lo suyo. Unas diez mujeres presenciaban la escena. Había parientes de tercer, cuarto y hasta quinto grado de consanguinidad. Luego de tres horas de labor, Doña Alcira recibió la criatura, la tomó por los tobillos y la suspendió en el aire. Le dio una palmada en las nalgas y soltó un llanto agudo. Hicieron un silencio porque pensaron que tenía dos cordones umbilicales. Se tranquilizaron cuando descubrieron que se trataba de un varón sano con una verga desproporcionada a su cuerpito de querubín. Para celebrar que ambos estaban a salvo, las mujeres gritaron el “sagarit” con todas sus fuerzas. Los alaridos típicos de las mujeres árabes ondularon por los rincones de la casa. Lavaron al bebé, lo arroparon y lo llevaron al pecho para ser amamantado

“Veo en su aura que será muy obediente”, predijo Doña Alcira. Besó a mi hermano en la frente, envolvió sus instrumentos en un paño, los guardó en su maletín y se fue.

—Cualquiera puede tener un error de cálculo —Abro las manos.

—¿Y tu papá?

—Mi papá se enteró que su primogénito era varón y envió un telegrama: “Sabía que no me ibas a fallar”.

Dos años más tarde, mi mamá desembarcó con nueve meses de embarazo a la estación de trenes de Frías. La recibió su mejor amiga. Hacía tiempo que Beba buscaba concebir y no podía. En el trayecto hacia la casa de sus papás, mi mamá le advirtió que era muy importante que estuviera en el parto, porque una tía le había enseñado un conjuro árabe que resultaba infalible para ganar fertilidad. Se lo explicó y Beba lanzó una carcajada de incredulidad. Pero lo que mi mamá decía era muy en serio. De modo que su amiga recapacitó y dijo que haría lo que fuera necesario para tener un bebé.

Sus tías y su mamá habían preparado la habitación con esmero. Hasta pusieron un brasero pequeño en una esquina. Todo estaba listo para el gran día. Entonces, llamaron a Doña Alcira para repetir la hazaña. Se negó de manera rotunda. Mandaron a negociar a mi abuelo Salomón. Llevó regalos de su tienda: zapatos, telas, medias, camisones, vestidos y ropa interior para su descendencia. Doña Alcira dijo no. Mi abuelo regresó durante tres días seguidos. Golpeó su puerta, se puso de rodillas en el atrio, y hasta le descerrajó un rosario de bendiciones con todo el poder encantador de los comerciantes sirios. Ella se negaba. Al principio de manera amable, después lo echó a fuerza de insultos.

Las horas pasaban. Mi mamá ya estaba con los primeros síntomas de parto. Le aconsejaron que contratara los servicios de una partera joven. Ni siquiera lo consideró. Decidió tomar el asunto en sus manos. Le pidió a Beba que la llevara hasta la casa de doña Alcira. Bajó con dificultad de un Citroen amarillo y ambas caminaron hasta la puerta. Mi mamá golpeó hasta que los nudillos dolieron. Gritó el nombre de la comadrona pero no abría. Decidió implorar. Imploró más fuerte pero no había respuesta. Al borde de la desesperación, con las palmas de las manos apoyadas en la puerta, dijo con la voz cortada por el llanto:

“¡Usted protege la vida de los niños y sus madres. Cómo puede mezquinar un don como ese!”.

En ese momento rompió bolsa. Se sentó en el suelo, tomó su barriga y permaneció en silencio sin saber qué hacer. Los sollozos se escuchaban en toda la cuadra. Beba tuvo un arresto de furia y le dio una patada a la puerta.

“¡Abra, Doña Alcira! ¡Por favor!”

Se agachó para consolar a mi mamá. De pronto, la llave giró dos veces. El picaporte se movió. Doña Alcira apareció, encontró las baldosas mojadas con líquido amniótico y dos adolescentes abrazadas con ojos hinchados y llorosos. Mi mamá tardó en reconocerla. No podía creer que era la misma. Su rostro se había arrugado. Los pómulos sobresalían. Había adelgazado mucho, pronunciando la curvatura de su espalda. El brillo de sus ojos se había esfumado y su pelo blanco lucía descuidado. La partera comprimió los labios, tomó a mi mamá de las manos, la ayudó a levantarse y le pidió que la esperara. Tomó su maletín y se embarcaron rumbo a la casa de mi abuela.

Durante el viaje solo dijo:

“Juro por Dios que este será el último niño que recibo”.

La habitación estaba más concurrida que la primera vez. Mi mamá se acostó en su cama mientras le agradecía con palabras sentidas. Doña Alcira se calzó los guantes, palpó la barriga de mi mamá, la observó por un momento y comenzó su trabajo.

“No me agradezca. Puje más fuerte, mija. Puje más fuerte porque presiento que este bebé dará mucho trabajo”.

Al cabo de cinco horas de labor, mi mamá se quedó sin fuerzas. La partera no podía disimular su preocupación. Las mujeres rezaban el rosario en voz baja. Mi abuelo Salomón caminaba con nerviosismo debajo de la parra. Beba sostenía su mano.

“Ya falta poco”, le mintió para darle ánimo.

Mi mamá apenas podía sacar el aire de su cuerpo. La comadrona le rogaba:

“Haga fuerza, mija”.

Ella lo intentaba pero el dolor le estrujaba las entrañas. El sudor bañaba su cuerpo. Hizo un esfuerzo colosal y apareció la cabeza de mi hermano. Doña Alcira entendió que una doble circular de cordón le aprisionaba el cuello. Cualquier partera novata hubiera ahorcado el bebé a tirones. Ella se serenó y tomó aire:

“Mija, tranquila. Está trancado y es muy cabezón pero lo vamos a sacar vivo”.

De modo que lo liberó con destreza y pudo sacarlo a tiempo. El cordón umbilical mostraba otros dos nudos. Era un milagro que el niño hubiera sobrevivido los nueve meses en esas condiciones. El parto duró una noche y un día. El bebé mostraba un color azulado que se fue convirtiendo en rosa. Dio su primera respiración sin llorar. Lo asentó en el regazo de mi mamá y le dijo:

“Era un Cordón Real, mija”. Agregó: “No me cabe duda que es un mensaje del Señor nuestro Dios. Su hijo será un ministro de su reino.”

La partera tomó la manita de mi hermano y la besó. Lo miró con solemnidad y dijo:

“Yo te saludo, Monseñor”.

—Supongo que lo suyo no era adivinar el futuro —Observo.

—¿Qué pasó con Beba y el conjuro para que quedara embarazada?— Lorena abre los ojos.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, mi mamá llamó a su mejor amiga y le dijo un secreto. Era el momento de activar el conjuro. Beba miró a todos los presentes y se dirigió descalza hasta un recipiente de acero situado en el piso que contenía los restos de cordón bañados de sangre, líquido y membranas. Cerró los ojos, pensó en un hijo creciendo en su vientre y caminó por encima de la placenta, tal como se lo habían indicado. No se sabe si fue la impresión o la fuerza de la fe, pero Beba se desmayó. Doña Alcira la aventó con la tapa de una caja de zapatos hasta que reaccionó y la pusieron en reposo al lado de mi mamá.

—¿Funcionó?

—Un mes y medio más tarde estaba embarazada. Su hijo se llamó Sergio. Mi mamá fue la madrina.

—¿Y Doña Alcira?

El mismo día que nació mi hermano, la comadrona esperó el crepúsculo. Caminó hasta la estación de trenes. El jefe de estación la vio sentada en un banco con la mirada perdida en la nada. Le ofreció agua, ella ni le contestó. Al cabo de una hora, el suelo comenzó a temblar. Los pitidos de la locomotora sonaron en toda la ciudad. Doña Alcira se levantó y fue hasta un recodo poco transitado junto a los rieles. El tren se acercaba a toda velocidad. Diez metros antes que la máquina pasara, se arrojó debajo de las ruedas. En Frías la lloraron con más intensidad que a la actriz y bailarina Eva Duarte de Perón. Hasta nombraron una calle muy larga en su honor. Mi mamá propuso en varias oportunidades construirle un busto.

—Es una historia muy trágica —dice Lorena.

—Perdió las ganas de vivir cuando murió su esposo, quien además, era el amor de su vida. Mi tío la recuerda con cariño en su novela Un día y una noche para el último adiós.

Continuamos camino al cementerio. Tomamos el atajo sobre las vías. El parque está surcado por doce pares de rieles. Me acerco a una planta de hinojo solitaria y arranco unas hojas. Me las llevo a la boca y mastico. Siento un sabor extraño. Tal vez no sea hinojo. Echo sobre la tierra un escupitajo verde. Los pastizales amarillentos han cedido espacio al rebrote. El viento agita la copa de tres eucaliptos de unos treinta metros de altura. Hacia el norte, se levanta una casilla de control abandonada. La pasarela corta el horizonte hacia el sur. Debajo, un montón de durmientes gastados se amontonan sobre un claro. El sol cae aunque falta mucho para el ocaso. En el suelo hay bolas de guano, papeles, telgopor, cajas de vino y etiquetas de cigarrillos.

Cruzamos la calle. Un automóvil gira y casi me atropella. Cargo un insulto en la garganta pero me doy cuenta que el conductor es un amigo de la infancia. Saca el pulgar por la ventanilla, da un bocinazo. Levanto mis manos y las agito en el aire mientras se aleja. El cementerio queda al final de la avenida.

Desde hace diez años, una casa exhibe un cartel despintado con la leyenda: “Próximamente geriátrico”. En su fachada marrón se abre un ventanal con cristales verdes, rosas y amarillos. Le han lanzado piedras y la mayoría están rotos. La casa fue donada por una familia con la esperanza que algunos abuelos indigentes pudieran pasar sus últimos momentos en paz. Los gobernantes prometieron finalizar la obra. No movieron un pelo. En el pueblo organizaron rifas, consiguieron fondos y materiales para que la obra se concrete. Con alegría, entregaron lo recaudado a los gobernantes para que se hicieran cargo y honraran su palabra. Los facinerosos se robaron el dinero. También, los materiales. También, el derecho de unos viejos a morirse con un mínimo de dignidad. También, la fe de los ciudadanos.

Diviso las paredes del cementerio. Han construido nichos nuevos. Algunos muestran arreglos florales. Supongo que pertenecen a muertos que estrenan su condición. El olvido es una flor seca. Llegamos al arco de entrada. Lleva una cruz en su punto más alto. El camino se bifurca hacia la izquierda. Según muestra el cartel, Ischilín queda a veintisiete kilómetros aunque apostaría que está más cerca. Si siguiéramos derecho llegaríamos hasta San Pedro Toyos.

Franqueamos la entrada por un sendero adonde crecen, a uno y otro lado, dos tipos de pinos con sus ramas cargadas de piñas. Me acerco a uno de ellos, estiro mi mano, desgrano su hoja y huelo mis dedos. A la izquierda hay un aljibe cerca de un tanque de agua. Me detengo en un panteón que lleva escrito arriba de sus puertas: “Familia Alsina”. Le pido a Lorena que tome una foto para gastarle una broma a Ezequiel, uno de mis mejores amigos. Las rejas exhiben diferentes motivos: flores de lis, círculos concéntricos, algunas cruces extrañas. A unos metros, otro panteón exhibe sobre la cornisa una X y una P superpuestas. En otro aparece la palabra PAX.

—Son elementos masónicos —Explica.

Unos metros más adelante, encuentro una tumba derruida con la puerta oxidada y sin muerto. Otro panteón tiene un ring de boxeo en la entrada. En una encrucijada se yergue un ángel blanco encima de una fuente. Mi mujer es arquitecta y nació en Frías, como mi mamá. Por eso, decido provocarla:

—La arquitectura del cementerio de Deán Funes tiene mucho más estilo que la de Frías.

Ella niega con la cabeza. Decide no contestarme. Levanto el índice como para rematar un discurso:

—Bajo ningún punto de vista quiero que me entierren en Frías.

—Quedate tranquilo —La expresión en su rostro me indica que logré ofenderla—: Creo que ningún muerto en su sano juicio querría compartir su última morada con vos.

—Que quede claro. Quiero estar rodeado de mi gente acá en esta tierra. Junto a estos pinos y estas flores—Inspiro hondo y exhalo de manera aparatosa—¡Esto es muerte!

Dispara una foto al ángel y se aleja enojada por otro sendero. Advierto un aviso de deuda de la municipalidad pegado en una pared despintada:

“Nicho Vencido. Rogamos a usted pasar por la Secretaría de Obras Públicas”.

Una placa de bronce con forma de hoja de palma muestra un óvalo con la foto de un señor calvo de bigotes.

“Humberto Cuttica. Q.E.P.D. 12-3-61”. Y al costado: “Rolo, siempre has sido noble con tus amigos, quienes te dedican este recuerdo”.

Quisiera saber las palabras que me dedicarán mis amigos. Ellos son grandes bromistas. Tengo un par de frases que podrían funcionar. “Vivió hasta que no le quedó más remedio que morir”.

Llego hasta el panteón de mi familia. Lo reconozco por sus ojos de buey, columnas altas y puertas de metal modernas. Me acerco, inserto la llave y abro. La humedad desmejoró las paredes y acabó con un mueble de madera prensada. Una hilera de hormigas sube por la pared y cruza el techo. Sobre una mesa veo una foto de mi papá. Lleva un traje y corbata azul. Muestra su mirada atenta de ojos claros. Los restos de su hermano Beby están a su lado, en una urna. Lorena llega, me pide la libreta y toma nota de los arreglos. Me paro enfrente de los nichos.

—Hay dieciséis lugares y siete de ellos están ocupados —Observo.

Ella me oye pero no me escucha. Por eso sigue anotando y calculando materiales. Detengo mi vista en el cartel con el nombre de mi bisabuela. Nazik Bozian llegó desde Constantinopla a Deán Funes huyendo del Genocidio Armenio. A su lado, mi abuela Matilde. Abajo mi papá. Al medio mi abuelo Juan.

—Tendré que apurarme para tener adonde caerme muerto.

Señalo un nicho que no tiene nombre:

—¡Ese es mío! Asegurate que me pongan entre mi papá y mi tío Antonio.

—¡Dejá de decir eso!

—Pase lo que pase, que no me entierren en Frías. Vos hacé lo que quieras.

—Si querés te cremo en un horno pizzero —Dispara enojada.

Doy una carcajada que retumba.

—Ya terminé —Indica—. Hay que comprar pintura fibrada, limpiar el techo y colocar membrana. No está tan mal como le habían dicho a tu mamá. ¿Vamos?

Rumbo a la salida, un grupo de personas ofrendan a su muerto calas, geranios y marimonias. El viento zamarrea los pinos. El poniente arde su telón rojizo. Doy media vuelta bajo el arco. Barro la escena por última vez.

Veo senderos que conducen a construcciones adornadas por amuletos para la memoria. Flores marchitas sobre antiguas lápidas. Plazas custodiadas por ángeles centinelas en medio de una ciudad pavimentada de incógnitas y silencio. Símbolos que agigantan el misterio. Destinos cumplidos. Cordones umbilicales que se cortaron. Historias construidas con Azar. Naufragios en un océano de Tiempo. Cemento relleno de madera y soledad. Retornos.

Más temprano que tarde, seré inquilino en esta casa. Tuve miedo pero ya no lo tengo. Tal vez las historias queden para siempre.

masallaconiferas

 

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